Como un desierto, las estrellas eran infinidad de granos de arena. Buscar algo en ellos, su único trabajo. El desierto. Entidad incorpórea, la nada que cierra sus puños intrínsecos, sobre nuestro endeble cuello.
Tantos granos... tanta arena, ¿qué beneficio tendrá?
El sol.
¿Por qué hacía tanto calor allí? Tal y cómo si estuviese en el mismísimo infierno, acogotada, mientras que las llamas saboreaban su piel de áspera seda translúcida con agresivos lengüetazos, deleitándose con la sal que sus poros dejaban marchar. Creía que ya podía, finalmente, decir que había permanecido demasiado tiempo dentro de aquel claustrofóbico laboratorio. Casi a la altura de tantos otros nombres de envergadura histórica, entre los cuales, por supuesto, ella ansiaba estar. Figurar, no solo como una más, sino superando los envites que la sociedad se veía obligada a darle cada vez que intentaba consumar sus éxitos, más allá de la frontera impuesta desde los albores del tiempo. Las pautas no cambiaban, únicamente se adaptaban a las épocas que la sociedad disfrutaba en ese breve lapso. No continuado, aunque sí procrastinado en castillos alternos.
La boca seca, y la ropa pegada al cuerpo, que yacía sudoroso sobre el asiento, frente a los monitores. Hallábase, desde tiempo atrás, con la mirada perdida en aquel horizonte numérico de esclavas y asteriscos, incapaz de albergar otro sentir que no fuese la concentración calórica. Mientras tanto, el ruido de los ventiladores ensordecía sus ya de por sí maltrechos oídos, sentía el metal imponerse a sus tímpanos, martilleando concienzudamente sus pensamientos. Tanto tiempo allí, en el Sector Y, que había olvidado lo que era la caricia del aire fresco de una gloriosa tarde de verano. ¿Ya era verano?, el curso del tiempo discurría de manera ajena al exterior. En aquel maldito zulo blanquecino, e hipoalergénico, todo era diferente, nada igual y todos los días detractaban entre sí por ser lo mismo, indistintamente unos de otros. Y del mismo modo, ninguno de los presentes pensaría que la histeria iba a tomar el control en ningún instante. A fin de cuentas, ¿qué era la histeria, sino la misma falta de razón y motivo? No carecían de ninguna de ambas cosas, aunque en ciertos momentos creyesen que la propiamente dicha, emotividad científica, les pertrechaba para acudir a una montaña de cima invisible.
Como coronar lo imposible de manos de la nulidad espaciotemporal.
Eran dos mitades consumidas por el fuego de la esperanza retraída. No sabía lo que estaba, o dejaba de estar en lo profundo de su mente científica, pero confiaba que su instinto pudiese calcular más allá de lo que sus ojos creían ver. No era sencillo, pero la imaginación solía subestimar lo que el corazón de la matemática pura señalaba con sus números. Y ella... pues, bueno, podría decirse que no era muy dichosa en guiarse por sentimientos inexplicables. Ni siquiera en el amarre moral y ética de la obligatoriedad familiar.
Suspiró durante unos breves segundos, antes de secarse el sudor con una manga de su bata negra, que ya había decolorado hasta mezclarse en un gris iracundo. No le gustaba hablar sola, pero disfrutaba muchísimo pensando con ella misma. Y era uno de esos instantes de breve gozo.
Estaba agotada. Tal vez no física, pero no cabía duda de que sí mental y moralmente, se hallaba desecha. La práctica de un método inalterable en su día a día, acababa por destrozar la poca cordura que quedase en ella, e incluso la ligaba a dicha insalubridad mental, impidiendo que saliese triunfal de aquel laberinto numeral. Y no es que fuese una persona demasiado cuerda, tampoco nos engañemos, ella no lo hacía; no lo hagáis vosotros pues. Todo genio tiene sus desquites y manías, ella no era menos; y aun así les tenía cierto cariño. Pero aquella rutina... la maldita rutina. Una práctica que había conseguido que, durante unos pocos minutos, persistiese con los ojos en blanco y ensimismada, con un solo pensamiento fijo en su cabeza: el futuro.
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