El hermitaño parte 2

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Mi vista se encontró con la del Loco, podía notar que tenía mucho miedo. Supuse que probablemente ya sabía a lo que se enfrenta. La Luna por el contrario se encontraba de la misma manera e inclusive temblaba un poco.

Una mano se posó en mi hombro, llamándome la atención. Sus ojos ahora mostraban un azúl oscuro, y determinación que nunca antes había visto.

Entramos al salón. Encontrando una oscuridad leve, en la parte derecha se encontraba los materiales. Fui por ellos con un andar bastante lento, tratando nunca llegar ahí. Dejando caer mis pies con cada paso creando un eco profundo por todo el lugar. Mis pasos fueron haciéndose cada vez más cortos, sin embargo el momento por fin llego.

Enfrente de mi estaban los materiales que probablemente cavarían nuestras tumbas. Estaba todo lo necesario: cuatro velas rojas, tres blancas, cerillos, alcohol etílico y tierra de panteón.

Lo tome todos de manera dudativa, y con un paso más rápido llegue ante los dejas. Después de todo al mal tiempo darle prisa. Mi mirada se perdió entre la oscuridad, por alguna extraña razón se había vuelto más densa.

—¿Éstas segura de hacer esto?— Preguntó dudativo el Loco, con clara expresión de alerta en su rostro.

—No—. Le respondí con franqueza—. Pero si nos negamos está claro que nos mata P4B10.

—Me ha convencido—. Apoyo mi afirmación la Luna.

Levante mis hombros restándole importancia, y empezando a colocar los elementos de nuestra invocación. Las cuatro velas asemejaban una cruz roja, las tres velas formaban un triángulo que cubría a la cruz, con la tierra se encerraba en un círculo la dos figuras. Y con el alcohol se formaban cuatro cruces una en la parte superior derecha del círculo, otra superior izquierda, y las últimas dos inferiores. Para finalmente prender las velas y el alcohol.

El olor a azufre llegó a mi. Era tan conocido, pero tenía algo sumamente distinto. Quizás sea el olor a la muerte, probablemente sea eso. Solamente falta recitar las palabras necesarias.

—Tú demonio, hijo encadenado de Dios. Obedece mi mandato. Hazte presente en esta hora, yo te nombro. Que las cuatro cruces sean tu inicio y tu final.

Un descarga eléctrica recorrió mi espina dorsal. El frío casi abismal lleno, la habitación. Trague dificultosamente en seco. Estaba aquí. La probabilidad que apareciera realmente no pasaba mas del veintico por ciento y para nuestra desgracia estábamos condenado.

Una risa burlona lleno el ambiente, sonando lejana y a la vez tan cerca. Haciendo erizar mi piel. Y mi ritmo cardíaco casi detenerse.

—Tú otra vez. — Refunfuño dejando alagar la primera palabra.—Cometes las mismas estupideces en todas las vidas.

Parpadee sorprendida, era la primera vez que lo llamaba. La oscuridad no ayudaba nada, solo veía dos ojos infectados de sangre que helaba mi cuerpo.

—Es la primera vez que te llamo—. Intente que mi voz sonara segura, en cambio sonó un poco dudativa y nerviosa.

—En esta vida sí. En las anteriores no.— Su voz sonl más gruesa soltando pequeños gruñidos en el proceso y algunos resplido.

No sabía que decir, tal vez había sido por ello que desde antes de entrar ya sabía que el maldito ritual si funcionaría. Quise reír entre dientes o con sarcasmo, pero prefiria vivir así que solo me quede callada.

—Angelito—. Hablo nuevamente nuestro invitado de manera más suave, casi sintiendo pena.— Lamento su castigo, y lo peor de todo es que ese ser nunca hará lo hizo por alguien más.

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