El manicomio biblioteca

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Lucrecio se afeitó la cabeza y se puso la ropa del padre de Calvino: un anticuado traje negro y un jersey de cuello alto del mismo color.

-Tendrás que adelgazar un poco -le dijo el niño (¿o era una niña?)-. Los pantalones te quedan muy justos.

-¿Adónde vamos? -preguntó Lucrecio mientras salían de casa.

-A una biblioteca muy especial.

La casa de Calvino estaba en las afueras de la ciudad, y durante más de media hora caminaron alejándose aún más del centro, hasta llegar a un sombriño palacete rodeado por una herrumbrosa verja.

-No parece una biblioteca -comento Lucrecio.

-Porque es un manicomio -dijo Calvino, y llamó al timbre que había junto a la cancela que daba acceso al patio.

-¡Pero me has dicho que íbamos a una biblioteca! -exclamó Lucrecio.

-Te he dicho que íbamos a una biblioteca muy especial -precisó Calvino.

La cancela se abrió con un clic y el niño (¿o era una niña?) cruzó resueltamente el patio hacia la puerta principal del palacete. La empujó y entró en el amplio vestíbulo seguido (¿seguida?) por Lucrecio.

Una sonriente mujer de unos cincuenta años, bajita y regordeta, salió a su encuentro con los brazos abiertos y exclamó:

-¡Alicia, qué agradable sorpresa! ¡Y además has venido con tu papá!

-Hola, Emelina -la saludó Calvino-. Emelia es la bibliotecaria -le dijo luego a Lucrecio, que preguntó confundido:

-¿En qué quedamos: es un manicomio o una biblioteca?

-Qué manía tienes con lo de quedar -replicó Calvino-. No tiene por qué ser una cosa o la otra, ni una tercera.

-Dadas dos cosas cualesquiera, solo se puede ser una cosa, la otra o una tercera -sentenció Lucrecio.

-Olvidas una posibilidad, querido -intervino Emelina-. Se puede ser a la vez una cosa y la otra.

-O una cosa y la tercera, o la segunda y la tercera, o las tres cosas a la vez -añadió Calvino.

-Me rindo... ¿Podéis decirme dónde demonios estamos?

-En un manicomio biblioteca, querido -respondió Emelina-. Un manicomio especializado en libros ambulantes, es decir, en locuelos encantadores que se identifican con personajes literarios, o incluso con obras enteras.

-¿Con obras enteras? -exclamó Lucrecio-. Entiendo que una persona pueda creer que es, por ejemplo, Ulises, pero... ¿cómo puede creer que es la Odisea?

-Muy sencillo, querido -contestó Emelina-. Un día se cree Ulies al día siguiente se cree Penélope, al otro Polifemo...

-O todos a la vez -añadió Calvino.

-Y también hay personas que se identifican con un autor es decir, con todas sus obras, con todos los personajes de todas sus obras -prosiguió Emelina-. Me gustaría presentarte a nuestro Andersen, pero está durmiendo sobre siete colchones. como la princesa del guisante, y se levanta muy tarde.

-Pero un autor no es tofos sus personajes -replicó Lucrecio-. Puede que Andersen, el de verdad, se identificara con el patito feo, pero no creo que tuviera nada que ver con la sirenita.

-Eso es muy discutible -dijo Emelina-. En alguna medida, de alguna manera, un autor es todos sus personajes, y cuando está escribiendo un libro es ese libro, pues tiene la cabeza llena de él casi todo el tiempo. Y aunque así no fuera, a los autores los conocemos por sus obras, de modo que no podemos identificarnos con su dolor de muelas o sus problemas con los vecinos: nos identificamos con sus personajes... ¿Verdad, Alicia?

Calvino asintió con la cabeza, y Lucrecio lo (¿la?) miró con cierta inquietud.

-¿Te identificas con Alicia en el País de las Maravillas? -le preguntó.

-No -respondió Calvino-. Me identifico con Alicia.

-Eso es lo que he dicho.

-Tú me has preguntado si me identifico con Alicia en el País de las Maravillas, y eso es un libro; yo solo me identifico con Alicia, no con todo el libro.

-Pero no crees realmente ser Alicia, ¿verdad?

-Claro que no creo ser Alicia; soy Alicia.

-Aunque solo a ratos, ¿verdad, querida? -intervino Emelina-. Por eso Alicia no vive aquí permanentemente solo viene de vez en cuando... Por cierto, ¿qué te trae hoy por aquí, querida?

-Tengo que ver a Calvino.

-¡Pero si Calvino eres tú! -exclamó Lucrecio, cada vez más confundido.

-Tenemos un huésped que se identifica con Italo Calvino, el famoso escritor -explicó Emelina-. Ahora mismo está en la copa de un árbol, en plan Barón Rampante, charlando con Tarzán.



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