El pequeño Josh

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Los gritos de papá asustaban al pequeño. Eran tan fuertes que Josh tenía que taparse los oídos con sus pequeñas manos, mientras corría a esconderse debajo de la mesa. Cerraba los ojos mientras soltaba lágrimas, y sus labios estaban en una línea recta mientras apretaba los dientes para aguantar los sollozos. No entendía el porqué de aquellos gritos e insultos que él todavía no entendía. Se le encogía el corazón cada vez que escuchaba su voz, y temblaba de miedo aun sin saber el porqué de todo aquello.

El pequeño Josh ya no era tan pequeño, pero deseaba serlo. Empezaba a darse cuenta de las cosas con tan solo ocho años, y habían ciertas cosas de papá que no le agradaban. A mamá tampoco. Se daba cuenta de como sus compañeros lo miraban extrañados y se burlaban por los hematomas que habían por su cuerpo, y él tan solo bajaba la mirada avergonzado. A él no le hacía gracia, le dolía de verdad.

El pequeño Josh fue creciendo, y a los 14 años, que hacía cosas de no tan pequeños, empezó a faltar a clases y a no aparecer por casa. Su madre lo llamaba al teléfono cada vez que llegaba a altas horas de la madrugada. Él le juraba no haber hecho nada extraño, y ella asentía y lloraba mientras lo envolvía en un abrazo. Sus hematomas seguían estando cada vez que iba a clase, pero sus compañeros ya no se burlaban de él. El pequeño Josh se había ganado el respeto que merecía en varias peleas, y aunque todos sabían que su padre le pegaba en casa, también sabían que Josh no permitiría que nadie más le tocase un pelo fuera de esta.

Josh fue creciendo, y a los diecisiete ya estaba echo un adolescente, pero él quería ser pequeño. Mantenía su fría mirada y sus cortantes palabras, pero nadie se daba cuenta de que Josh pedía a gritos ser querido. Pedía comprensión y amor de parte de su padre. Había terminado por tenerle asco, y a los dieciséis Josh le demostró a su padre que no iba a dejarse maltratar más. Lo demostró perfectamente cuando le pegó una paliza al borde de un ataque de locura. Josh estaba harto.

A los 21 Josh ya bebía sin parar. Un amigo había muerto, y esperaba que a él no le quedase mucho. Lloraba por las noches sin decírselo a nadie. Quería tener otra vida, o tan solo ser pequeño y no entender nada, aunque su mundo pronto estuviese por caerse a sus pies. Su madre le suplicaba que cambiase, pero Josh no era capaz. Beber le hacía sentirse tan bien por unos segundos...

Años después, a los 24, su madre entró a casa. Tan solo se encontró a Josh tirado en el suelo con los ojos cerrados y un par de botellas de alcohol a su costado. No respiraba ni reaccionaba. Era el fin. Josh no había aguantado más, y se había ido sin despedirse.

Al fin y al cabo Josh solo quería ser pequeño.

Relatos llenos de dolorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora