Capítulo 1.

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Katie.

Toda la vida estuve convencida de que el destino siempre hace de las suyas y que lo que sucede gira entorno a él, entonces ¿por qué nada me ha salido bien? Justo ahora estoy yendo a firmar mi tercer divorcio, sí, el tercero. Sinceramente no sé qué anda mal conmigo. Mi primer matrimonio fue a los 18 años, pensé que era el amor de mi vida, fuimos novios desde los 13, pero algo ocurrió; maduramos, nuestras metas no volvieron a ser las mismas y decidimos separarnos por las buenas un año más tarde.

Abatida por mi ruptura, quise buscar inmediatamente otro amor en estas nuevas aplicaciones de citas y allí estaba... hermosos ojos, cabellera oscura; hicimos clic de inmediato. Un par de salidas y lo hicimos oficial, más tarde ya vivíamos en su departamento, sus padres nos presionaron y en menos de un año ya estaba metida de cabeza en mi segundo matrimonio. Todo iba excelente, perfecto, a decir verdad, nos hicimos los mejores amigos, y lo digo en serio, tanto así que una tarde de películas me hizo una confesión que lo cambiaría todo... después de todo teníamos tanto en común que a ambos nos gustaban los chicos. Mi esposo era un gay en el closet, menuda mierda; no lo digo por su orientación, ya que hasta el día de hoy sigue siendo mi mejor amigo y encontró a su media naranja, hazaña que no he logrado; más bien lo digo porque ahora entiendo la presión asfixiante de sus padres. Nunca lo aceptaron.

Decidí así que el amor no era lo mío, me centré en estudiar lo que siempre quise, salir adelante y aprender a estar sola. Logré comprarme un departamento cerca de mi nuevo trabajo y todo iba bien hasta que conocí a Clayton, el grandísimo hijo de puta con el que estoy casada. Me ahorraré la historia de cómo lo conocí y caí en sus asquerosas garras y me limitaré a decir que es un infiel, alcohólico, descarado y cínico, del cual estoy a punto de divorciarme.

¿Ya dije que soy un desastre? Voy tarde a la audiencia que pondrá fin a mi pesadilla y si la pierdo, no sé cuánto tiempo tendré que esperar. Llamo al ascensor y tarda más de lo normal en llegar, definitivamente ya las cosas empezaron mal.

El ascensor llega, abre y dentro hay un hombre vestido de traje con la corbata a medio hacer y un par cajas a sus pies, está sudado y despeinado, con cara de querer gritarme por alguna razón que desconozco.

- ¿Subirás o te quedarás allí plantada? Voy tarde – Dijo con un tono no muy agradable.

Edward.

No sé por qué acepté hacer esto. Sí quiero a Lily y me preocupo por su seguridad, pero tener que venir a buscar sus cosas al departamento de su ex no fue buena idea.

Desde que llegué estuvo gritándome todo el tiempo, que no me llevara las cosas de Lily, que ella volvería y que por mi culpa ahora no tendría razones para poner un pie en lo que solía ser su hogar. Luego de haber recogido todo, estaba a punto de largarme de allí y me tomó de la corbata como si fuera un perro con correa a punto de salir a pasear.

Le prometí a Lily que no golpearía a ese imbécil, pero no toleraría tal humillación. Le estampé un puñetazo en la nariz e inmediatamente soltó mi corbata y cayó de espaldas en el viejo sofá que tenían a mitad de la pequeña sala, creo que me excedí. Sin embargo, antes de que se pudiera recuperar del shock, tomé las cajas y salí rápidamente de allí. Al llegar al ascensor comencé a presionar el botón tantas veces como pude, como si haciendo eso ésto llegaría más rápido de lo que normalmente llega.

Vi mi reloj, genial, iba tarde a mi trabajo por casi media hora. Es lo último que necesito, menos ahora que tienen el ojo puesto sobre mí. Piensan que estoy donde estoy por la gran influencia de mi padre y la verdad es que sus especulaciones no se alejan de la realidad, si no fuese por él, en este momento no estaría en el puesto que estoy ahora ¿y me disgustaría? Para nada.

Entro en el ascensor y comienza a descender, espero pacientemente llegar a planta baja, pero se detiene tres pisos más tarde y está una muchacha joven de unos 24 años, con maquillaje, ropa y peinado formal, y una cartera no muy grande colgada en el brazo izquierdo de la cual se asoma una carpeta llena de papeles que amenazan con salir volando por todos lados. Sentí que se quedó una eternidad inspeccionándome, odiaba eso, así que decidí decir algo pasa sacarla del trance.

- ¿Subirás o te quedarás allí plantada? Voy tarde – Mierda, ella no tiene la culpa de nada ¿por qué fui tan borde? Su cara se volvió en una mueca extraña, abrió la boca para responder, pero se limitó a entrar en el ascensor y quedarse en silencio a un lado.

- Oye, lo siento, no quise hablarte así. He tenido un mal día – Dije con la intención de bajar la tensión, estaba todo muy incómodo.

- Todos tenemos malos días, no pasa nada – Respondió con un tono de voz casi imperceptible y seguidamente sacó su teléfono para ver la hora – Maldición, es demasiado tarde – Se dijo a si misma en modo de reproche.

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