Capítulo 2.

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Katie.

¿Qué se cree este tipo? ¿Acaso piensa que es la única persona apurada? Odio con mi vida a las personas que creen que están solas en el mundo, que ven siempre por ellos mismos sobre los demás y que creen que sus problemas son más grandes o más importantes que los del resto. Estuve a nada de maldecirlo a él y a toda su generación desconsiderada, pero me tragué mis opiniones al respecto y  subí al ascensor sin hacer ningún tipo de contacto visual.

- Oye, lo siento, no quise hablarte así. He tenido un mal día – Dijo con un atisbo de arrepentimiento en su voz. Me pareció sincero.

- Todos tenemos malos días, no pasa nada – Le respondí restándole importancia a lo ocurrido, no tenía ganas de discutir con un desconocido. Acto seguido, saqué mi teléfono para verificar la hora – Maldición, es demasiado tarde.

De repente las luces se apagaron unos segundos y posteriormente se encendieron las pequeñas luces de seguridad, el ascensor se detuvo.

- ¿Qué ha pasado? – Le pregunté al amargado que tenía a un lado.

- Creo que ha sido un corte de electricidad, no deben tardar en sacarnos de aquí, no te preocupes – Me dijo sin quitar la vista de las puertas del ascensor. Que maleducado.

Debió pasar más de una hora, seguíamos metidos en esa pequeña caja metálica. Empezaba a hacer calor y el hombre se había sentado en una de las cajas que traía, mi teléfono se había quedado sin batería, así que tuve que dirigirle nuevamente la palabra.

- Ehm... ¿me podrías decir la hora? – Pregunté con algo de vergüenza.

- Han pasado 76 minutos desde que nos quedamos aquí atrapados – Respondió esta vez volteando a verme a los ojos. Pude ver unos ojos profundamente negros y penetrantes, fue bastante intimidante.

- Gracias – Le dije devuelta, apartando la mirada y preparándome para un silencio más largo del que había transcurrido.

- ¿Cómo te llamas? – Me preguntó a los minutos, provocando que me sobresaltara, ya que no esperaba que hablara.

- Katie ¿y cuál es tu nombre? – Contrataqué de inmediato.

- Me llamo Edward, un placer – Me dijo, extendiendo la mano para estrecharla con la mía. Tardé unos segundos en reaccionar, pero se la di.

Otros minutos de silencio incómodo, pero esta vez decidí hablar yo.

Edward.

- ¿Eres nuevo en el edificio? No te había visto antes – Preguntó la chica envalentándose. Era muy callada y por lo visto algo tímida.

- No, vine a buscar unas cosas en el departamento de mi novia, se está mudando y quise hacerle el favor – Le dije y sentí la necesidad de preguntarle hacia donde se dirigía, para sacarle conversación, no sabía cuánto tiempo estaríamos metidos aquí. - ¿Y a dónde vas con tanta prisa? -.

- Lo mismo pregunto – Touché. Esta chica era astuta.

- Voy muy tarde a mi labor diaria, señorita. ¿Ahora si me puede decir? – Le respondí, tomando un tono excesivamente formal y forzado, para ponerle una pizca de diversión a la situación y por lo visto funcionó, ya que noté como intentaba contener una sonrisa.

- Voy a los tribunales a resolver asuntos personales – Me dijo y lo que anteriormente era una sonrisa se transformó en una expresión seria. La cagué. Me sentí un idiota y no supe qué hacer más que ofrecerle una caja para que se sentara.

- Ten, siéntate, no querrás llegar con los pies doloridos – Aceptó y se sentó soltando un suspiro de alivio, tenía más de 90min parada en una esquina del ascensor ¿por qué no se le ofrecí antes?

- Gracias –.

Nuevamente se plantaron unos minutos de silencio incómodo y sin pensarlo dos veces seguí con mis preguntas directas.

- ¿En dónde trabajas? – Le pregunté de forma distante, con esperanzas de no sonar como un metiche.

- ¿No te han dicho que es de mala educación hacer ese tipo de preguntas a desconocidos? – Contratacó nuevamente.

- La verdad es que no, nadie me ha dado lecciones de que decir o no a un desconocido con el que tenga más de dos horas encerrado en un ascensor ¿acaso eres experta en la materia? – Le respondí con todo el sarcasmo que pude sacar de mí.

- Es cultura general – Dijo viéndome y cuando pensé que la conversación quedaría hasta allí, me respondió – Trabajo en una editorial no muy lejos de aquí, me encargo de revisar las solicitudes y aceptarlas o negarlas.

- Es un trabajo duro eso de arruinarle los sueños a las personas ¿eh? – Le dije, más afirmando que preguntando.

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