Nuevo hogar.

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El lugar al que Graham se dirigía no era precisamente un paraíso. No era tampoco un sitio desagradable, simplemente que a los ojos de un niño, era completamente aburrido y para nada acogedor.

Desde el exterior, la fachada se asemejaba a la de una escuela, cosa que a Graham se le hizo bastante normal, puesto que allí iban un montón de niños a los que cuidar, y el concepto de escuela era bastante similar.

Al entrar, el pequeño se sintió un poco abrumado ya que las paredes en su totalidad, eran de un blanco impecable. Realmente no daba la impresión de que hubieran cientos de niños rondando por ahí. No había ni un rastro de suciedad, ni color, ni nada que dejara la prueba de que un solo niño viviera allí.

Graham caminó titubeante siguiendo a la mujer, quien hablaba ahora con una señora sentada tras un gran escritorio. Luego de esto, comenzaron a caminar nuevamente hasta llegar a una gran puerta de madera.

— Ahora vamos a hablar con la directora de la institución, Graham, ¿está bien? —cuestionó la mujer y el pequeño solo pudo asentir con su cabeza, mientras intentaba mantener la calma.

Unos segundos después se escuchó una voz dentro de la oficina indicándoles que podían entrar, y la mujer, sin dudar, lo hizo. Mientras Graham estaba casi congelado en el marco de la puerta.

No quería entrar allí. Eso significaría que ya no podría volver atrás y que ese sería su nuevo hogar. Definitivamente eso era lo que menos quería el pequeño.

— ¿Y el niño? —escuchó como preguntaba una voz severa desde adentro.

La mujer miró confundida a su lado y comprendió que el niño se había quedado atrás. Se acercó a él y dulcemente insistió:— Vamos, pequeño. No tienes por qué tener miedo. Aquí estoy yo acompañándote.

El esperado tragó saliva con fuerza y con pasos temblorosos entró al lugar, sin despegar sus brazos de las piernas de la mujer.

— No le cree una dependencia al niño —gruñó la señora que tanto atemorizaba ahora al menor—. No estará mucho más tiempo con él a partir de hoy.

Al escuchar esto, el cuerpo de Graham se tensó completamente y sintió como el aire comenzaba a hacerse más espeso.

¿Aquella mujer también lo abandonaría ahora? ¿Estaría allí solo de por vida? ¿Quién se encargaría de él? ¿Aquella voz severa?

Bueno, no perdamos más tiempo —sentenció la señora aterradora— Es hora de que lleven al chico a su nueva habitación mientras yo termino de arreglar lo demás con la señorita Gabrielle.

La mujer que antes los había guiado hacia aquella oficina tomó la mano de Graham indicándole que debían retirarse.

— ¡No! —chilló el niño— No quiero ir a ningún lado sin la señorita.

Graham soltó el agarre de la otra mujer y sostuvo con fuerza las piernas de Gabrielle.

— No puede dejarme aquí solo —suplicó—. Creí que usted no me abandonaría, señorita.

Unos cuantos minutos pasaron antes de que Graham desistiera. Aunque este sólo se rindió luego de un fuerte grito de parte de la directora que lo dejó completamente aterrado y en silencio.

Con una mirada llena de miedo y decepción, abandonó la habitación junto con la mujer que nunca le habló ni lo miró a los ojos para consolarlo como lo había hecho Gabrielle. No había nada de compasión en los ojos de aquella chica, y mucho menos en los de la directora.

En ese momento, Graham fue consciente de que no volvería a hallar ni el cariño de sus padres, ni la comprensión de Gabrielle en ese lugar. Y sintió miedo, porque hasta ahora, eso era lo único que conocía.

– – –

El camino hacia su nueva habitación fue callado y la tensión podía cortarse como a un hilo. La señora apretaba la mano del menor con fuerza como si este fuera a escaparse, o simplemente porque quería demostrar el control que tenía sobre él.

Luego de subir una gran cantidad de escaleras, y caminar por largos pasillos, se detuvieron ante una de las tantas puertas color gris que indicaba el número 220. Ese era su nuevo hogar. Una insípida puerta marcada con un número, como si no importara los nombres de los que habitaran allí.

— Toma —le entregó una llave—. No las pierdas, son las únicas que te daremos mientras estés aquí.

El pequeño las recibió en su pequeña mano temblorosa. No sabía si esto era a causa del frío o del miedo que sentía.

Abrió la puerta y se encontró con dos pequeñas camas acomodadas una en cada rincón.

— Tu compañero de cuarto está con los demás en su hora libre, volverá en unos minutos. No desorganices nada. —dicho esto, la mujer arrojó las maletas del niño dentro del cuarto y cerró con fuerza la puerta, dejando a un Graham totalmente perdido.

Sin nada más que pudiera hacer, dejó que su pequeño cuerpo cayera en el incómodo colchón. Se acomodó en una posición fetal, intentando sentirse protegido y comenzó a llorar desesperadamente.

Quería que alguien lo escuchara y fuera a ayudarlo. Quería seguir creyendo que había un héroe que fuese a rescatarlo, aunque en el fondo sabía que eso no pasaría. Pasó días rogando para que alguien salvara mágicamente a sus padres, pero no fue así. Luego de esto, con un poco de la esperanza que le quedaba, pedía porque hubiera alguien que le diera un poco del cariño del que sus padres lo habían acostumbrado, pero nuevamente se chocó con el sentimiento de decepción.

Su última esperanza fue la señorita Gabrielle. Al principio, Graham, quien se sentía desamparado, no confió demasiado en ella, pero luego de que lo escuchó y se portó de manera tan dulce con él, después de que nadie más lo hiciera; sintió que por fin alguien había hecho caso a sus peticiones y le había mandado a alguien que lo ayudara.

Pero ahora, con apenas ocho años, se daba cuenta de que no había nadie que fuera a rescatarlo. Sus padres se habían ido, y no existía otra persona en el mundo que se preocupara por él. Se dio cuenta de que lo único que le quedaba era él mismo y debía aferrarse a eso, o se perdería completamente.

orphelins :: gramonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora