Consigna: extrañas luces en el cielo.
Walter:
LA FESTIVIDADKanteiku es un poblado ubicado al norte de la gran ciudad de Kioto y como toda cultura japonesa tenía festivales y festividades donde todas las personas se acercaban para comer y jugar. Los monjes recitaban todo tipo de leyendas y los teatros ambulantes de marionetas y de sombras contaban otras tantas. Las historias eran siempre tan amadas por todos que perduraban en la mente de los ciudadanos con gran estima y recelo. Quizá las unicas personas que no amaban el festival eran los ancianos, sentían que las luces largadas al cielo llamaban la desgracia.
Kamikyo y Kazuna eran dos hermanos pequeños, infantes que como muchos adoraban las historias, juntos creaban otras tantas y se divertían recitando las mismas y contándoselas a cuanta persona nueva conocían. Una buena tarde se hallaban jugando a orillas del río, como todos los ciudadanos hablaban de la festividad del viernes por la noche, de todo lo que ésta significaba. Lo que más le gustaba a la niña, Kazuna, de apenas cinco años, eran las lámparas de papel con forma redonda que se colgaban en los techos de las casas, las que se largaban a los cielos y las que se ponían en barquitos y bajaban por el rio y se iban con deseos y lamentos. Al niño de un año mayor que ella le encantaban, como no podía ser de otra manera, los samurái con máscaras de Tengu y armaduras a todo color con sus legendarias espadas calzadas a la cintura. Pero lo que más les gustaba a ambos eran las bolas de pulpo frito y las brochetas con la más fresca verdura azada en ellas intercaladas con pescado, también fresco.
Ambos amaban los pescados y soñaban con la leyenda del Koi que volaba y se convertía en dragón, prácticamente todas sus historias tenían esos peces y también dragones parlantes que le daban misiones imposibles a los héroes que tanto le gustaban a Kamikyo y que comenzaban a molestarle a Kazuna. Pero no por eso dejarían de poner peces en sus historias, adoraban verlos salir del agua cuando su padre los cazaba utilizando solo sus manos y como un oso, de un manotazo, los sacaba rápidamente y ellos podían por un segundo verlos salpicar y retorcerse en el aire como en cámara lenta.
La madre estaba preocupada, no volvían del río y ya se hacía tarde. Se decía que las noches de festividad atraían a los Oni de la montaña, demonios devoradores de hombres con los colmillos inferiores enormes y caras tenebrosas. Aunque se sabía que eran leyendas no podía dejar de preocuparse, por más que estuvieran los niños con el padre. Los llamó desde su casa y supo que la habían escuchado porque los golpeteos continuos habían cesado, entendió que se trataba de un hueso de escápula de ganado que tenía Kazuna y con la que hacía música por percusión. El sonido no era muy armónico, era más bien hueco y peor fue cuando la niña empezó a correr con la sonrisa alegre en dirección a ella y se tropezó haciendo que el hueso deteriorado por tanto golpe se cayera y se quebrara con un sonido crepitante. La niña lloró, pero la madre le posó la mano sobre la cabeza y le prometió comprarle un Shamisen o mejor aún, un Koto. La niña sonrió y con ella su padre que la cargó sobre sus hombros hacía el hogar. Se prepararían y saldrían con la puesta del sol para el festival de ese viernes donde las luces y los fuegos artificiales iluminarían todo como si fuera de día con un precioso paisaje que les hincharía el pecho y querrían congelar el tiempo en ese momento.
Se decía que el festival ese año sería tan bueno que hasta personas de Kyoto y el mismísimo alcalde de la ciudad asistirían, había tantos rostros nuevos e historias nuevas que contar que los niños no podían con tanta expectativa y se prepararon tan velozmente con sus atuendos de fiesta que la madre se sintió feliz por ellos. Adoraban verlos alegres.
Estaban preciosos, con sus peinados en alto enredados con palillos y cabellos tan negros como la noche. Sus ropas eran muy prolijas, unos kimonos a todo color con flores pintadas y con las mangas que llegaban hasta el piso.
El festival ese año era todo lo que prometía, estaba repleto de puestos que vendían chucherías y con las añoradas lámparas de papel. Había puestos donde vendían peces pequeños que Kamikyo confundió con peces Koi y lloró caprichosamente hasta que consiguió que el padre le dejara intentar atrapar uno con una red de papel que le dejaba solo un intento para lograr la captura. Lo logró y el padre lejos de disgustarse por los modales del niño se sintió feliz de que tuviera la mano para atrapar peces como él.
De pronto todo el mundo guardó silencio y se hizo a un lado. Los niños estaban extasiados, ¡llegaban! Eran los carros de los teatros ambulantes. Pasaron cinco de cada uno, ese año eran el doble de historias para contar que en los años anteriores, pero ese año los carros no terminaron ahí. El más grande, impresionante y glamoroso llegó hasta el final y no solo los niños, sino también los adultos empezaron a especular sobre el dueño del carro. La procesión comenzó hasta la plaza donde se ubicaban los carros unos al lado del otro, dejando lugar en el centro para el más grande. Los carros con las historias comenzaron a vislumbrar que traían, pero el carro grande no se abrió hasta pasada media hora. Dentro del mismo se veían luces que iban y venían y sombras aparejadas que se movían hasta que todo se enmudeció cuando las luces se atenuaron y las telas que cubrían al carro se movieron. Era el alcalde de la ciudad que pronunció unas hermosas palabras y dio inicio al festival de ese año y luego se marchó para rezar en el enorme templo que tenían a sus espaldas mientras se liberaban las lámparas al aire y daban la forma a las extrañas luces en el cielo del viernes.
Un gran desfile comenzó a sucederse y todo tipo de mascarillas y dragones de papel comenzaron a aparecer. Los niños estaban muy alegres y empezaron a seguir el desfile por toda la calle principal sin darse cuenta que con cada paso se alejaban más y más de sus padres hasta que ya no sabían ni donde estaban. El silencio reinó y ya ni el desfile que venían siguiendo estaba, se había diseminado la gente y se encontraban a la salida del pueblo, solos y a oscuras. La niña le tomó la mano fuerte y comenzó a llorar así que Kamikyo se aseguró de caminar más seguro de sí mismo, él era el héroe de la historia siempre y debía transmitírselo a la Kazuna. De pronto se hallaban entre las casas, se preguntaban a donde habían ido todas las personas, estaban solos totalmente y ya ni las luces del cielo, ni los fuegos artificiales, ni las lámparas, ni las personas estaban. Hasta que lo oyeron, era el sonido de un grito desgarrador que provenía un poco más adelante. Trataron de evitar dirigirse ahí, pero el lugar estaba entre ellos y la plaza central, así que caminaron a paso lento y cuidado, intentando no emitir un solo sonido. Caminaron tomados de la mano, lentamente hasta llegar al gran templo.
Había un olor peculiar, Kamikyo ya lo había sentido antes, ¿pero dónde? Había una bruma en el aire que tenía ese olor y Kamikyo se pasó la mano por la nariz para comprobar que era; le sangraba la nariz, tenía olor a sangre. El olor era el hierro, el mismo olor de los anzuelos y los reteles de la caja metálica oxidada de su padre. Kazuna se soltó y el no pudo voltearse, estaba muy absorto en sus pensamientos, no entendía en qué momento se había lastimado la nariz, pero no hizo falta preocuparse, la niña lo volvió a tomar del brazo con más fuerza de la que él la creía capaz.
Kamikyo caminó en dirección al templo, la puerta trasera estaba abierta y bien sabía que en el lugar estaba el alcalde, los acogerían y los llevarían con sus padres. De pronto comenzaron a oír un golpeteo, era como la música que tocaba Kazuna, pero ese ritmo era realmente malo, era repetitivo y monótono. Kamikyo entró al lugar y dio un par de pasos hasta que notó que sus manos estaban húmedas, sería sudor. Logró acercarse a la puerta corrediza de donde salía un poco de luz y la abrió, el sonido monótono era cada vez más fuerte. Abrió la puerta feliz, sabiendo que lo ayudarían, pero un grito poderoso le erizó la piel del cuero cabelludo: “VETEE” gritó una mujer desde su interior y Kamikyo vio como algo le masticaba el brazo. Claro, se dijo, ese era el sonido… huesos. Corrió con el peso de su hermana tironeándole el brazo, se notaba que la niña no corría, estaba más pesada. Abrió la puerta del templo y se encontró ante la devastación más grande. Cadáveres por doquier y la misma bruma con olor a hierro. Descubrió que su sudor en realidad era sangre, la bruma era roja y se impregnaba en su cuerpo con sus minúsculas gotas. La presión en el brazo era cada vez mayor, sin duda la imagen había afectado a su hermana. Se volteó para calmarla, pero el miedo no lo dejó mirar, puesto que no recordaba que su hermana gruñera.Lore:
EL VIEJO DEL PARQUE:Después de una semana, apareció. El pobre era un deschavetao, un pordiosero y nosotros lo habíamos condenado.
Todos lo conocían como “capitán” porque en sus pocos arranques de cordura solía decir que había salido ileso de la batalla annunaki o que había asesinado a más de treinta reptilianos usando solo su poderosa navaja suiza, el único objeto de valor que conservaba, pues vivía en la plaza a plena intemperie, cubierto de harapos y de vez en cuando le gustaba usar un par de bolsas como calzado.
Sin embargo, a pesar de que hablara de cosas raras era casi inofensivo en sus días buenos, ya que de vez en cuando le daba por mear en los portones y puertas de las casas del barrio o si estaba de malas, como solía ocurrir a menudo, arrojaba latas a quien se atreviera a pasar por su plaza. Fuera de todo eso, la gente no tenía quejas de él y supongo que en cada ciudad debe haber al menos alguien que hiciera el ridículo, bebiera hasta el hartazgo o pidiera limosnas y, para bien o para mal, nosotros teníamos a capitán.
La noche en que todo pasó, Peter y yo habíamos ido a buscar cervezas, era fin de mes además era viernes, teníamos que celebrar otro mes de sobrevivir a un trabajo mal remunerado y de una vida mal habida en general.
Ambos nos dirigíamos a la casa de Peter y eso quedaba a dos cuadras de la plaza de capitán, por lo tanto teníamos que ir con mucho cuidado de que él no estuviera vigilando. Peter llevaba una botella en la mano y el resto en la mochila, íbamos bebiendo pero éramos lo bastante conscientes en ese momento, lo que vimos no era producto de la borrachera para nada.
Ya habíamos hecho más de la mitad del tramo de la plaza cuando a mí se me ocurrió que sería divertido columpiarnos, y como no había rastro de capitán por ninguna parte, le indiqué a Peter las hamacas, él no entendió que es lo que le estaba señalando, así que fui yo solo a sentarme en el columpio y craso error el que había cometido al querer hamacarme, pues el chirrido del primer bamboleo fue tan fuerte que llamó la atención del viejo loco de capitán.
¡Váyanse! ¡Fuera de acá!tenía los ojos cargados de odio o de miedo, nosabíamos exactamente qué era lo que él sentía en ese momento. Se veía furioso, histérico, más salido de sus cabales que nunca.
Una lata pasó rozando la cabeza de Peter, pero era extraño porque no tiraba las latas en dirección a nosotros sino que los tiraba muy alto, al cielo
¡Hijos de putas! ¡Váyanse!Peter y yo agarramos nuestras mochilas y nuestras botellas vacías. Está más loco que nunca, repetía Pet, una y otra vez, mientras apretábamos el paso.
¡No! ¡No! ¡No! ¡Malditos, por allí no!Volteamos y el viejo se había quedado sin municiones y empezaba a recolectar piedras. Miré a Peter y estaba petrificado, parecía haber visto un fantasma o peor, un ovni.
Después de unos segundos, él salió del trance y me señaló el cielo. Luces multicolores se movían de forma aleatoria, no eran estrellas ni luminiscencia proveniente de ningún tipo de aparato.
Purpura, celeste, amarillo, naranja y la más grande, la de mayor resplandor era roja y se movía dentro de una orbita sin una sincronía exacta, lo único cierto es que se veían cada vez más cerca.
Peter lanzó una botella en dirección a las luces y la botella se disolvió en el aire. Capitán por su parte ya no gritaba, se había quedado sin voz, pero no dejaba de lanzar todo lo que tuviera a mano. Yo estaba atónito no sabía a quién temerle más, si al viejo loco al que nadie le creía las historias de marcianos o a esas extrañas luces que estaban allí cada vez más cerca.
La luz roja, la que era más fuerte nos atraía cual imán, empezaba a absorbernos hacia él. Capitán otra vez se había quedado sin municiones y Peter tampoco tenía más botellas para arrojar. Corríamos pero no podíamos avanzar, esa cosa era más fuerte que nosotros.
Yo le dije a Peter que soltáramos nuestras mochilas, que tal vez eso es lo que querían esas cosas, sea lo que sea que hayan sido esas luces. Las soltamos y en seguida dejo de absorbernos, pero capitán no tenía ninguna mochila o bolso, solo su famosa navaja, sin embargo la luz roja seguía tirando de él.Tan pronto como nos libramos, huimos corriendo sin mirar atrás, sin siquiera intentar rescatar a Capitán.
Los días pasaron, de vuelta a la rutina, trabajo, amigos, deudas, etc. pero Capitán ya no aparecía por el parque, Peter y yo teníamos nuestras sospechas del caso, sin embargo la cosa había quedado entre nosotros nada más, hasta el viernes en que lo hallaron decapitado por su propia navaja.
Los vecinos tiraban todo tipo de hipótesis sobre la horrenda muerte del viejo loco, pero Peter y yo sabíamos que esa había sido la última batalla del gran capitán por salvar a la tierra y la plaza local.

ESTÁS LEYENDO
Torneo de escritores
De Todo*Se enfrentarán uno contra uno de acuerdo al sorteo* *Se dará un tema, concepto o palabras sobre lo que escribirán* *los contrincantes tendrán de 2 a 3 dias para terminar los relatos* *los demas integrantes del grupo votarán por el relato que mejor...