Sus ropas viejas ya se habían desgastado con el camino, y sus armas empolvadas y sucias por la tormenta de arena que lo azotó, pero aún seguía en pie y caminaba lentamente hasta la choza que se le mostraba al fondo de las montañas pequeñas, una tras otra hasta el final, si es que había uno.
Después de un buen rato, las linternas y las huellas que quedaban mostrándose en la arena ya podían verse cerca, llena de vida y luces que ponían de buen humor a las personas que habitaban allí, se encontraba al rededor de palmeras una posada para los vagabundos. Una larga capa se arrastró entre la arena que aún cubría los suelos firmes del lugar, todos lo miraron. Sus ojos lúgubres cada vez de un tono más oscuro, sus ropas sucias y desgastadas, su cabello rubio despeinado y aquel rostro impertérrito aún miraba a la joven que buscaba atenderle.
— no creo que se encuentre usted bien —dijo ella— debería ir a descansar tal vez mañana se sienta mejor
Con aquello último le dedicó una gran sonrisa, y con paso lento aquel joven se dirigió hacia una de las habitaciones, no pasó ni un minuto para que dentro de aquella hermosa posada comenzaran a escucharse reclamos y gritos en la entrada.
— ¡te digo que no es verdad! —gritaba Rojo— yo solo quería jugar con la mariposa, no era mi intención matarla
— asume las consecuencias rojo —le contestaba Azul para hacerlo sentir mal— tú la mataste y no es justo que lo niegues, sabes bien que no debes molestar a las mariposas ¡tonto!
Rojo lloraba y Vio se acercaba hasta las camas y depositaba las rupias en la caja de pago, aún pensaba en su amigo, en qué estaría haciendo en esos momentos, en que todo había comenzado por la simple idea de querer estar juntos de nuevo, y al final, habían terminado separados de quien más apreciaban.
La noche llegó, y la posada quedó completamente sola, a excepción de los tres héroes y aquel vagabundo que había llegado al mismo tiempo que ellos. Los pasos se escucharon y algo arrastraba la arena, como si caminara por todo el lugar buscando cierta cosa. Rojo apenas abría los ojos cuando, delante de él, un espíritu se paseaba por el pasillo pidiendo y suplicando. Sus ojos se abrieron como platos y se escondió de inmediato bajo las cobijas.
— esto no puede ser —se decía a sí mismo el pequeño Rojo— ¿por qué siempre me toca la peor parte a mi? debería despertarlos pero no quiero ver que hay allí
Un suspiro y luego una exclamación, aquella alma desesperada buscaba ayuda dentro de la pequeña cocina en la que se guardaban algunos frutos y carnes listas para calentarlas en el fuego que se encontraba afuera, junto al lago hermoso que reflejaba la luna aún con la tormenta.
— cocinero... ¡Un cocinero por favor! —suplicaba aún merodeando—
— ¿un cocinero? —se preguntó Rojo en voz alta— ese fantasma esta clamando por alguien que le ayude a cocinar...
Rojo se armó de valor y salió de la cama para acercarse a aquel espíritu, todavía titubeando le preguntó por lo que necesitaba. ¿Qué necesitaba? quería a alguien que le preparará un platillo exquisito.
— mi madre siempre me consentía con estas brochetas —dijo nostálgico aquel hombre— pero justo el día de mi muerte, mi madre las preparó y no pude llegar a comerlas. No puedo irme sin haberlas comido una sola vez más...
— entonces le ayudaré, pero solo si promete que no volverá a asustarme de esa forma —dijo Rojo dirigiéndose a las carnes y los frutos, tomaba uno y otro y luego los ponía en la brocheta para dejarlas en el fuego, le agregaba un poco de sal y una que otra especia que se encontraba por ahí— no es por presumir, pero mis amigos siempre dicen que mi comida queda muy rica. Además, mi papá me enseñó a hacer esta brocheta, es una receta real.
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La leyenda de Zelda (four swords)
FanfictionLos cuatro link regresaran con una nueva misión, la vida de su amigo, verde, está en riesgo y deberán aprender a trabajar en equipo para poder salvarlo
