Todos alguna vez hemos colocado un diente debajo de la almohada. Lo hacíamos emocionados, en parte por el dinero que íbamos a encontrar al día siguiente, y también por ser testigos de la magia del Hada de los dientes.
Pero los primeros hombres en dejar aquella ofrenda lo hacían con todo menos alegría
Hace años, mucho antes de que el mundo fuera mundo, criaturas sobrenaturales caminaban entre nosotros. Habían estado aquí antes de que llegáramos, y cuando las vimos creamos nuestros mitos y leyendas a su alrededor.
Al principio tuvimos una relación pacífica; ellos estaban encantados de ver seres diferentes, y nos enseñaron a crecer como civilización mientras nosotros les adorábamos como dioses.
Una de estas especies eran las hadas. Así llamábamos a los diversos espíritus del bosque caracterizados por su benevolencia y amor por la naturaleza. Regalaban frutas a los niños mientras enseñaban la agricultura y carpintería a los hombres, sin pedir nada a cambio. ¿Qué podrían querer aquellos que lo tenían todo?
Un día encontramos la respuesta.
No sabemos cómo ni porqué empezó, pero se obsesionaron con nuestros dientes. Al principio recogían los que saltaban durante alguna pelea, o los que se caían debido a enfermedades e infecciones. Luego profanaron las tumbas de nuestros muertos, buscando más. Pronto dejó de ser suficiente.
Se transformaron en depredadores que volaban en enjambres gigantescos y arrancaban los dientes de los desgraciados que se cruzaran en su camino.
Nunca supimos para qué los querían, pero les gustaban blancos y sin lesiones. Algunas los usaban para crearse coronas y vestidos, otras los guardaban celosamente en los troncos de los árboles. Incluso llegaban a pelear entre sí para arrebatarse sus "tesoros"
Aterrados, nos encerramos tras nuestras murallas y nos defendíamos como podíamos. Pero eran seres pequeños y escurridizos, muy difíciles de alcanzar y que siempre atacaban en grupo, no dudando en extirpar los ojos y la piel de sus víctimas. Además, moriríamos de hambre si permanecíamos encerrados en nuestras ciudades.
Entonces se nos ocurrió usar los primeros dientes que se les caen a los niños como carnada. Los juntamos durante meses y luego colocamos las trampas.
No tardaban en aparecer, frenéticas y extasiadas. Entonces las sorprendíamos con fuego o con piedras. Nuestra estrategia resultó, pues sus números decayeron tanto que nunca más volvieron a ser una amenaza.
Solo por si acaso mantuvimos la costumbre de colocar los dientes de los niños debajo de sus almohadas, motivándolos con algo de dinero o dulces
Si la lucha contra las hadas de los dientes fue dura y sangrienta, esperen que les hable sobre las hadas de los huesos.

ESTÁS LEYENDO
Inktober
Short StoryRecopilación de los cuentos que subiré para el Inktober de este año