Emily estaba en el sombrío vestíbulo de la antigua casa de su padre, con el polvo flotando a su alrededor, esperando de manera estúpida sentir calor pero teniendo que acabar frotándose los hombros para combatir el frío. No sabía en qué había estado pensando; ¿de verdad había esperado que aquella vieja casa que había estado descuidada durante veinte años la estuviera esperando caldeada?
Probó a encender la luz, pero no pasó nada.
Por supuesto, se percató. ¿Cómo podía ser tan tonta? ¿De verdad había esperado que hubiese electricidad?
Ni siquiera se le había ocurrido traer una linterna. Se regañó a sí misma; como era habitual, se había apresurado demasiado y no se había tomado ni un momento para planear sus pasos.
Dejó la maleta en el suelo y se adelantó, haciendo crujir el suelo de madera con cada paso, y pasó los dedos por las curvas dibujadas en el papel de las paredes del mismo modo en que había hecho de niña. Incluso podía ver las marcas que había ido dejando a lo largo de los años al repetir aquel mismo gesto. Pasó junto a las escaleras, una larga serie de escalones anchos de madera oscura a los que les faltaba la barandilla, pero no podía importarle menos. Volver a estar en aquella casa resultaba de lo más fortalecedor.
Volvió a probar suerte con otro interruptor por pura costumbre, pero no consiguió nada, así que fue hacia la puerta que había al final del pasillo y que daba a la cocina y la abrió.
Jadeó al ser alcanzada por una ráfaga de aire helado. Se paseó por la habitación, sintiendo la frialdad del suelo de mármol bajo los pies. Probó a abrir los grifos del fregadero sin resultado y se mordió el labio, consternada. No había calefacción, ni electricidad, ni agua. ¿Qué más le reservaba la casa?
La recorrió por completo, comprobando todos los interruptores y palancas que pudieran controlar el paso del agua, del gas y de la electricidad. Encontró una caja de fusibles en un armario bajo las escaleras, pero activarlos no sirvió de nada. Recordaba que la caldera estaba en el sótano, pero la idea de bajar sin contar con algún tipo de luz la llenaba de inquietud. Necesitaba una linterna o una vela, pero sabía que no habría nada parecido en la casa abandonada. Aun así, comprobó los cajones de la cocina por si acaso. En su interior no había más que cubiertos.
El pánico empezó a llenarle el pecho y Emily se obligó a pensar. Rememoró los tiempos pasados en los que su familia se había quedado en la casa. Recordaba que su padre solía apalabrar que llevasen aceite para calentar la casa durante los meses de invierno, algo que volvía loca a su madre por lo caro y despilfarrador que era calentar una casa vacía, pero el padre de Emily había insistido en que era necesario para proteger las cañerías.
Se percató de que iba a necesitar que le llevasen algo de aceite si quería que la casa se caldease, pero teniendo en cuenta que no tenía señal en el móvil, no tenía ni idea de cómo iba a lograrlo.
De repente sonó un golpe en la puerta. Estaban llamando con golpes pesados y continuos, golpes que levantaban ecos por todos los pasillos vacíos.
Emily se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. ¿Quién podía estar llamando a la puerta a aquellas horas y en mitad de una ventisca?
Salió de la cocina y cruzó el vestíbulo de suelo de madera, descalza y sin hacer el más mínimo ruido. Puso la mano sobre el pomo y, tras dudar por un instante, consiguió reunir las fuerzas necesarias para abrir la puerta.
De pie frente a ella, vestido con una chaqueta a cuadros y el cabello oscuro y largo hasta la barbilla lleno de copos de nieve, había un hombre que le recordó a Emily a un leñador, o quizás al cazador del cuento de Caperucita Roja. No era la clase de hombre que solía atraerla, pero había cierta belleza en sus ojos azules y fríos y en la sombra de barba que le cubría la barbilla bien definida. Emily se quedó sorprendida por el poder de la atracción que sentía hacia él.
―¿Puedo ayudarle? ―preguntó.
El hombre la miró con los ojos entrecerrados, como si la estuviera evaluando.
―Soy Daniel ―dijo. Extendió la mano a modo de saludo y Emily aceptó, notando lo áspero de la palma―. ¿Quién eres?
―Emily ―contestó ella, repentinamente consciente de su propio pulso―. Mi padre es el dueño de la casa. He venido a pasar el fin de semana.
La mirada de Daniel se volvió más intensa.
―Hace veinte años que no viene el dueño. ¿Te ha dado permiso para pasarte así sin más?
Su tono era brusco, ligeramente hostil, y Emily retrocedió.
―No ―respondió con incomodidad. No apreciaba que le recordasen la desaparición de su padre, que había sido la experiencia más dolorosa de su vida, y al mismo tiempo se sentía atónita por la brusquedad de Daniel―. Pero tengo permitido ir y venir como me plazca. ¿A ti qué te importa? ―Adoptó el mismo tono brusco que él.
―Soy el casero ―contestó Daniel―. Vivo en la cochera que hay en el terreno.
―¿Vives aquí? ―exclamó Emily al mismo tiempo que se desvanecía la imagen de un fin de semana lleno de paz en la antigua casa de su padre―. Pero quería pasar el fin de semana a solas.
―Sí, bueno, y yo también ―replicó Daniel―. No estoy acostumbrado a que la gente irrumpa sin avisar. ―Miró por encima del hombro de Emily con desconfianza―. Ni que toquetean cosas de la propiedad.
Emily se cruzó de brazos.
―¿Qué te hace pensar que he ido toqueteando?
Daniel arqueó una ceja en respuesta.
―Bueno, a menos que planees quedarte aquí a oscuros y con frío durante todo el fin de semana, uno esperaría que te hubiese puesto a tocar cosas. Como por ejemplo encender la caldera, vaciar las cañerías, esa clase de cosas.
La brusquedad de Emily dio paso a la vergüenza. Se sonrojó.
―No has conseguido encender la caldera, ¿verdad? ―continuó Daniel con una sonrisa irónica en los labios que le dijo a Emily que sus dificultades le resultaban algo divertidas.
―Todavía no he tenido la oportunidad ―contestó a toda prisa intentando mantener las apariencias.
―¿Quieres que te enseñe cómo hacerlo? ―preguntó él, indolente, casi como si no le importase tanto si aceptaba como si se negaba.
―¿Lo harías? ―preguntó Emily a su vez, tan sorprendida como confundida por su oferta de ayudarla.
Daniel pisó el felpudo del vestíbulo, creando una pequeña tormenta de nieve en la habitación gracias a los copos provenientes de su chaqueta.
―Prefiero hacerlo yo y evitar que rompas nada ―fue su explicación, que llegó acompañada de un encogimiento de hombros.
Emily se percató de que la nieve que estaba cayendo al otro lado de su puerta abierta se había convertido en una ventisca de pleno derecho y, a pesar de lo mucho que no quería admitirlo, se sintió agradecida con Daniel por haber aparecido cuando lo había hecho. De no haber pasado por allí, lo más seguro es que hubiese muerto congelada a lo largo de la noche.
Cerró la puerta y recorrieron juntos el pasillo que llevaba al sótano. Daniel había venido preparado y sacó una linterna, iluminando las escaleras. Emily lo siguió, algo asustada por la oscuridad y las telarañas a medida que descendía hacia la negrura. De niña aquel viejo sótano la había aterrorizado y rara vez se había atrevido a bajar. Era un lugar lleno de maquinaria y mecánicas anticuadas que mantenían la casa en funcionamiento, y el volver a verlo todo la superó y consiguió que volviera a preguntarse si ir hasta allí había sido un error.
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