"Laberinto"

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"Una vez vi a un niño matar un pajarito que descansaba en una rama, le clavó en el pecho una piedra más grande que su cabeza. Eligió una piedra con bordes, de las que te cortan los pies cuando vas descalzo. Se colgó el pajaro sobre el hombro y al llegar a su casa se lo mostró a su padre. Tengo que confesar que decidí espiarlo para disfrutar el momento en que don Luciano le pintará la cara de una bofetada por hacer daño sin ningún motivo, pero eso no pasó, por el contrario, se juntaron sus tíos y lo felicitaron. Nunca olvidaré la cara de satisfacción y orgullo de ese niño al ver como sacaban del pecho deforme del gorrión la piedra que el mismo lanzó.

Ese día pensé que la muerte era lo peor que le podía pasar a un ave pero tiempo después el vecino colgó una jaula en el umbral de su casa. Allí dentro vivía un canario, el viejo le hablaba todos los días y le daba de comer, luego se iba. El canario se prendía de las varillas, y gritaba yo sé que gritaba, moviendo sus alitas desesperadamente. Con los días dejó de pedir auxilio, decidió entonces suplicarle a su carcelero que le dejará libre besándole la mano cada vez que le servía el alpiste. Nunca olvidaré la cara de satisfacción y orgullo de ese viejo al ver como se humillaba el canario rogando que abriera la jaula que el mismo cerró.

Ese día entendí que el pájaro de la rama murió libre, en su plenitud y que el pájaro de la jaula murió el día que lo apartaron del nido.

Yo soy el canario. Atrapada en esta jaula de hojas y ramas he comprendido que morí el día que me apartaron de mi casa, de mi campo". Cavila la desventurada Ágata, recorriendo un laberinto de verdor impenetrable.

Resignada a morir de hambre y dolor de pies, se recuesta en uno de los muros sumergiéndose en la frescura de los retoños que se abren tras ella, arrojandola en otra parte del laberinto frente una puerta de madera con símbolos hierro. Se acerca para abrirla pero no tiene cerradura. Una luz blanca se cuela por las rendijas llamando la curiosidad de Ágata para vea a través de ellas. Antes que pueda distinguir lo que hay tras la puerta algo la hala por el nudo del mandil. Es Elisa que la abraza aliviada por haberla encontrado.
  - Regresemos a casa antes que mi madre se enoje conmigo también.
Ágata insiste en espiar por las rendijas.
  - Deja, es un huerto, esta lleno de bichos. Bi-chos -pellizcandole las mejillas con las uñas-  Vamos.
Ágata camina de la mano de Elisa volteando con insistencia sin poder librarse de la duda.

El Silencio De Ágata Donde viven las historias. Descúbrelo ahora