Aria era una chica hecha de estrellas.
Ella era un enigma de constelaciones; era una pizca de luz brillante en la vida de los demás.
Pero era una estrella en un mundo lleno de neblina, en un mundo contaminado con imbéciles.
Era completamente invisible para el mundo que le rodeaba, y estaba bien con eso.
Estaba cubierta de tatuajes y piercings, escondida detrás de la música y colores oscuros.
Era una criatura divina, pero tan desconocida.
Y eso estaba bien.
Luego, llegó Jungkook.
Él era un chico hecho de oro.
Muchos pensaban que él había sido bendecido por los dioses, quizás por el dios del Sol.
Pero él también era invisible para el resto, aun habiendo brillado más allá de todos.
Él era muy bueno en sus estudios, era atlético, pero aun así prefería quedarse en su habitación practicando piano y cantando.
Así era Jungkook.
Y no le importaba.
Aria lo conoció un martes a las tres de la tarde.
Nunca se habían conocido hasta entonces, y el encuentro esencial de ambos sería catastrófico o maravilloso.
Fue ambos.
