NARRA JAMES SMITH
No sé cómo describir esta tarde, pero creo que el caos es poco. Todo empezó bien. Fuimos al supermercado con mi hermano Josh y con Lia porque no querían quedarse con Dominic ni con Sheila. A mi hermano no le cae Dominic, y con razón, siempre se comporta raro cuando está con Sheila. Mi hermana tampoco confía mucho en ellos.
Mis abuelos se fueron a Arizona a un bingo y actividades a beneficio de un amigo, así que no volvían hasta en tres días. Cuando regresábamos del súper, vimos el auto de London en la entrada. Bajé el vidrio.
—Hey, prima, llegaste.
—Sí, Dios santo, fue el camino más largo que he hecho en mi vida —dijo London con cara de cansada.
—Me imagino.
Le conté todo: que su mamá se fue a la feria con Thomas, Soffie y la tía Rachel, que mis abuelos no estaban. Ella estaba decepcionada porque venía justo a verlos. Le abrí el portón y entró a mil por hora. Literal.
—Dios santo, esta mujer —murmuré, mientras arrancaba de nuevo.
Josh y Lia se reían. Apenas llegamos, London preguntó si su auto cabía adentro. Le señalé el estacionamiento al frente de la casa de los abuelos. Luego bajó, dejó su maleta y nos saludó bien. La abrazamos. Fue un momento bonito después de tanto tiempo sin verla.
Cuando entramos, llamé a las niñas.
—¡NIÑAS, LLEGAMOS!
Dominic respondió desde arriba, pero nada de las pequeñas.
—¡DOMINIC, BAJA AHORA A SALUDAR A TU HERMANA! —gritó London.
Bajaron Dominic y Sheila. Los saludos fueron normales, pero entonces pregunté:
—¿Dónde están las niñas?
—Jugando en la arena. Subimos hace rato, las vigilamos desde la ventana —contestó Dominic como si fuera lo más normal del mundo.
Salí... y no había nadie. Arena sola, sin rastros de Julieta, Gia ni Olivia.
—No están.
Sheila entró en pánico. Dominic puso cara de "no es mi problema". London la encaró de inmediato. Sheila se quebró.
—Mi mamá me va a matar —lloró—. Gia tiene solo cuatro años y yo no fui una hermana responsable.
Intentamos calmarla. Nos organizamos. Dijimos que buscaríamos por toda la casa, la playa, incluso el jardín. Pero nada. Tres horas de búsqueda. Nada. Sheila lloraba sin parar y Dominic seguía mirando al vacío. Ni una palabra.
Entonces escuchamos el portón. Un auto. Voces. Reconocí de inmediato a la tía Rachel, Brad y Wade. Entraron sonrientes, hasta que vieron nuestras caras.
—¿Dónde están mis princesitas? —preguntó Wade. Me miró.
—Las niñas no aparecen.
Sheila se desplomó. Lloraba. Los adultos la enfrentaron. Rachel parecía al borde del colapso, Brad se quedó mudo. Todos intentaban entender cómo tres niñas habían desaparecido.
Y ahí, de nuevo, el portón. Llegó Morgan, la mamá de London, con más bolsas que manos. Saludos rápidos, abrazos. Luego el silencio incómodo cuando preguntó qué pasaba. Se lo explicamos. Ella intentó mantenerse firme. Después llegaron Soffie, Thomas y la tía Belinda.
—¿Y mi hermana? —preguntó Soffie, mirando a Sheila.
—No están, las buscamos por todas partes —dije.
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