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NADIE
El sol comenzó a salir un par de horas después. Calentaba un poco más que el día anterior. Los pájaros cantaron desde que el sol había empezado a salir tímidamente, Charlie los escuchó de forma inmediata. Tenía el sueño muy ligero, nunca llegaba a conciliar el sueño profundamente, tenía que andar con todos los sentidos alerta por si ocurría cualquier cosa, eso le hacía dormirse estando en tensión y con ansiedad.
A pesar de haberse despertado con la salida del sol se quedó una hora más recostada con los ojos cerrados, en una postura dolorosamente incómoda. Sentía todo el cuerpo dolorido, las heridas sanaban muy despacio, las sentía tirantes en los pliegues de las palmas de las manos y entre los dedos pero era incapaz de levantarse. Estaba exhausta, el día anterior había sido duro y largo.
Como había dormido tan poco no había tenido pesadillas, así que, por lo menos, se podía permitir sacar algo positivo de aquella noche. Charlie suponía que era uno de los efectos colaterales de dormir tan mal siempre, que, al final, acababa viviendo un infierno en sus sueños también.
Recordaba una época de su vida en la que había pasado las noches más tranquilas. Cuando a los cinco años se vio en la calle sola y sin sus padres, una anciana que vivía en la casa contigüa a la suya la acogió inmediatamente. La señora Kinney se había quedado viuda con cuarenta años y desde entonces vivía sola. Tenía problemas para pagar las facturas, no tenía calefacción en casa y en ocasiones se quedaban sin agua caliente y sin luz. De todas maneras, era lo más parecido a un hogar que Charlie había conocida tras la desgracia de sus padres. Tenía su propia cama, con sábanas suaves que olían a suavizante y almohadas acolchadas.
Estuvieron viviendo juntas allí durante once meses y medio, hasta que le embargaron la casa a la señora Kinney y la desahuciaron. A raíz de ese momento tuvieron que buscarse la vida en la calle, solas y desamparadas. Charlie lo pasó mal durante los primeros meses, pasaban hambre y frío, la señora Kinney lloraba todas las noches entre toses y jadeos cuando pensaba que Charlie dormía. Rezaba entre susurros hasta que el sueño podía con ella y se acurrucaba al lado de la pequeña niña para no sentirse sola y poder pasar la noche en paz.
La señora Kinney le enseñó a desenvolverse por la ciudad, a no tener miedo a las calles y a tener cuidado con las personas, a buscar comida y lugares seguros en los que pasar la noche; le enseñó a torear al miedo, a no recaer en la profunda tristeza que ahogaba su alma. Durante los meses que vivieron en la casa Charlie aprendió a leer y escribir, e incluso, a leer partituras y a tocar el piano que pertenecía al difunto marido de la señora Kinney.
Al no tener nada que leer debido a las circunstancias en las que vivían Charlie empezó a escribir sus propios cuentos cortos, para leérselos a la señora Kinney al finalizar el día.
―Somos las historias que contamos, Charlotte―le decía la señora Kinney a una anonadada Charlie de siete años que no entendía nada, de ojos brillantes y curiosos llenos de vida.
La señora Kinney era la mujer más bondadosa y amable de Canadá y seguramente del mundo entero, o al menos, eso pensaba Charlie; y no precisamente porque no conociera a casi nadie, estaba segura de que muy pocas personas en la faz de la tierra serían tan estupendas como ella. Era el tipo de persona que te hace mejorar como ser humano, tan pura y transparente, tan sencilla y cercana. Sonreía constantemente, con unas arruguitas en las comisuras de los labios y sus rizos blancos enmarcando la cara ovalada. Tenía la piel extremadamente suave y pálida, con pequeñas manchitas debido al sol, o a la edad, quién sabe. Charlie nunca encontraría la manera de expresar con palabras lo agradecida que estaba de haber podido compartir esos años de su vida con ella.
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Los seis elementos
FanfictionCharlie es una chica huérfana que se ha visto obligada a vivir en las calles desde una edad muy temprana. Sin saber nada acerca de su pasado, sin identidad y con un extraño don que no le permite estar en contacto con las personas, el futuro que le e...
