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MARQUESINAS EXPLOSIVAS
Atajó por un aparcamiento de coches hasta llegar a una de las calles principales de Thunder Bay. Charlie pensaba que si estaba rodeada del mayor número posible de gente estaría protegida frente a lo que sea que quisiera de ella ese estúpido.
La calle estaba abarrotada de personas: padres y madres con sus hijos a cuestas, en carritos de bebé o de la mano, mujeres y hombres ataviados con vestimentas formales con maletines y teléfonos pegados a los oídos, adolescentes con mochilas cargadas de libros y cuadernos riendo y correteando escandalosamente, gente paseando a sus perros, tomando algo en los bares, charlando o sentados tranquilamente en los bancos...
Charlie empujó con los codos a unas cuantas personas con las prisas, haciendo caso omiso de los reproches. Aceleró el paso en zigzag y se encaminó hacia el lago a toda prisa. Se pensaba que ya se habría quitado al chico de encima con todo el barullo de la calle principal. Se escondió detrás de una marquesina y de unos arbustos mientras vigilaba entre las ramitas para ver si veía rastro alguno de su perseguidor.
Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo la marquesina estalló como una granada a escasos centímetros de su cabeza. Charlie alzó los brazos intentando cubrirse la cara lo mejor que pudo y salió despedida hacia atrás. “Yo no he sido”, pensó para sus adentros aturdida.
Escuchó varios gritos a unos cuantos metros de ella. Desde luego, la explosión no había pasado desapercibida.
Se echó hacia atrás sobre el césped, intentando alejarse de todo el destrozo. La forma en la que había reventado el cristal le había resultado muy similar a la manera en la que ella hacía estallar cualquier tipo de objeto. Como si una fuerza ajena hubiese oprimido el material hasta que éste cediera de golpe.
Pestañeó un par de veces y, de repente, tenía sobre ella unos alargados y fibrosos brazos, presionándola contra el césped sin piedad. Acercó su cara a la de Charlie hasta que quedó a cinco centímetros como mucho.
―Parece que no eres la única que sabe hacer saltar cosas por los aire, ¿eh?―dijo entre dientes el muchacho.
A esa distancia Charlie pudo ver que sus ojos eran de un color azul tan sumamente claro que más que azulados parecían blancos. Era espeluznante. Notaba su respiración entrecortada contra el cuello.
Odiaba sentirse en apuros, y en especial en esa postura, inmovilizada y con la mochila clvándosele en todas y cada una de las vértebras. Retiró la cabeza lo máximo que pudo y acto seguido, con toda la rapidez de la que fue capaz y con la máxima fuerza que logró, teniendo en cuenta la incómoda postura, le propinó un cabezazo justo en el hematoma del tabique nasal.
De no haberse encontrado en una situación tan extremada como esa Charlie jamás hubiese entrado en contacto con el chico. Ni con él ni con nadie. Justo en el momento en el que la piel de la frente de Charlie rozó la de su contrincante se vio mentalmente sumergida en una especie de piscina de recuerdos de la mente de él.
Las primeras milésimas de segundo siempre eran dolorosas, sentía el cerebro oprimido y excesivamente activo. Veía imágenes al azar de los recuerdos y vivencias de las personas a las que tocaba. Requería mucha concentración centrarse en una de esas imágenes para no volverse loca, y no siempre había sido capaz de hacerlo. Era como un torbellino de fotos en movimiento y sonidos de todas y cada una de esas parcelas de memoria, lo que hacía que, para colmo, fuese una experiencia ruidosa e incomprensible en la mayor parte de las ocasiones.
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Los seis elementos
Fiksi PenggemarCharlie es una chica huérfana que se ha visto obligada a vivir en las calles desde una edad muy temprana. Sin saber nada acerca de su pasado, sin identidad y con un extraño don que no le permite estar en contacto con las personas, el futuro que le e...
