El capítulo 8 ya está actualizado.
Además, he cambiado el prólogo por completo, este revela y establece datos muy importantes.
Te lo dejo el inicio por acá con la irreverente intención de antojarte a leerlo.
El sol empezaba a ponerse, trazando líneas ámbar que se filtraban entre las ramas secas de los pocos árboles que aún quedaban en pie. La peste había matado incluso a la vegetación; las moscas se daban un festín. La superficie de la calle —alguna vez lodosa— era ahora gris, seca, y muerta.
Anastasia Rizz dio un paso corto y lento, tratando de ver, escuchar, sentir algún rastro de vida. La tierra reseca crujió al engullir la suela de su zapato.
Un poco más atrás, un grupo de fieles seguidores —miembros de la familia Rizz— la acompañaba con respeto y devoción. Sus rostros, deformados en muecas de desagrado, no reflejaban rechazo hacia ella, sino hacia el insoportable hedor que emanaba de las casas y las calles. Casi en cada vivienda podía encontrarse al menos un fallecido por aquella misteriosa enfermedad que había arrasado el norte del continente Solangea.
Ocasionalmente, algún cuerpo mal cubierto con una manta les obstaculizaba el paso.
Hollen Rizz, quien sería el jefe de la familia si Anastasia no estuviera allí, adelantó el paso.
—Mi señora… ya habíamos evacuado este pueblo hace dos semanas. Lo único que queda es muerte hacia donde se mire. —Sus ojeras denunciaban el agotamiento de seguirla durante meses.
Sin volverse, Anastasia levantó una mano, exigiendo silencio con ese solo gesto. Avanzó otro paso; el suelo volvió a crujir. Estaba segura de que aún quedaba alguien… o algo. Su instinto había insistido durante los últimos tres días, y ella siempre terminaba cediéndole.
—Este fue uno de los más afectados —intervino Kyrel, unos pasos detrás de Hollen—. Enterramos a muchos más de los que lograron sobrevivir.