Aprendí a dejar mis vacíos... vacíos.
Hay espacios que no necesitan plenitud, y pude entender que a todos nos falta algo... alguien.
No puedes competir con lo que ya ganó. Lo que no es tuyo ni para ti, jamás te va a pertenecer.
Hay cosas que gritan tu nombre y otras que simplemente lo tienen tatuado, enmarcado, y sin mucho, dicen más.
Con poco te das cuenta de lo que dicen ser y de lo que realmente son, y tal vez por eso me duele tanto ver, por eso sufro tanto.
Por eso sentir de más es como una maldición.
Y carajo, que quisiera hacer cosas porque sí, pero siempre pienso en los... porque no.
Y el alma duele.
Y te das cuenta de que se puede, pero coño, que si me dicen que vivir sin una plenitud de vacíos es posible, me pongo de primera en la fila.
Pero es que la empatía duele cuando no la recibes, y la decepción te viste cuando dices: “yo nunca te haría eso...”.
Y no es que sea buena, es que si te amo, las mitades no son para mí.
Y soy tan mezquina que hasta para dar hay elegidos.
Esa indiferencia destruye, pero el silencio encarcela.
Y seguro, entre tantas líneas, no entienden mi mente.
Seguro es un sin sentido, pero si lo explico a su manera, le destruyo por cuidarme.
Y se siente pesado, cargar con lágrimas de otros.
Mejor en el lugar seguro, donde el vacío no engaña, y el silencio, siendo horrible, no busca más que su propia voz.
Mejor en lo conocido, cuando la soledad acompaña mi alma y la verdad me grita que lo falso, a veces, es mejor que ella.
Mejor en el margen de la ficción...
y mi corazón con piezas sueltas.
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Escrito el 11/10/25