Día 7

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El característico olor a medicina que hay en el lugar puede llegar a marear, las luces no hacen más que acentuar el color blanco de las paredes casi provocando dolor de cabeza. Aunque normalmente se encuentra lleno, con gente llendo de aquí para allá, ahora está más bien vacío, apenas unas cuantas personas están ahí. Sin embargo, a Akashi no le podría importar menos lo que hay a su alrededor.

Tan solo espera que por esas puertas salga en cualquier momento su linda esposa, con su hijo en brazos.

Con su cabeza entre sus manos, que a su vez se encuentran apoyadas en su rodillas, el pelirrojo ya no sabe que hacer. Aún cuando ya sabía que esto podría pasar. Ambos, Kō y el mismo, lo sabían.

Inicialmente, cuando se enteraron del embarazo de la castaña, la felicidad que sintieron era inmensa, incontenible, indescriptible. Cómo no lo sería, si tendrían un hijo resultado del gran amor que tenían el uno por el otro.

Al menos los primeros tres meses todo marchaba bien, la alegría en el ambiente era casi palpable. La emoción por tener al pequeño, o pequeña, en brazos, no hacía más que incrementar. Pasaron el tiempo entre idas al médico para asegurarse de que todo estuviera correcto. En las primeras visitas todo iba perfecto. . . hasta que ya no.

Fue durante el cuarto mes del embarazo que todo cambió, cuando repentinamente su mujer sintió un dolor en el abdomen bajo, que extrañada intento ignorarlo creyendo que quizá era una patada más fuerte debido a que el bebé ya estaba un poco más crecido. Se dió cuenta que era una manera muy ingenua de pensar al notar como un poco de sangre se deslizó entre sus piernas.

Sin dudarlo ni un segundo, salieron lo más rápido posible rumbo al hospital. Atendidos por el mismo doctor que estaba vigilando el embarazo. Ese mismo día, el hablo de manera clara y concisa, casi clavando una daga en los corazones del matrimonio.

"El embarazo es de alto riesgo. En el momento del parto hay posibilidades de que uno de los dos no sobreviva."

Después de que el de bata blanca declarara que quizá tuvieran que decidir a quién salvar, la mente del pelirrojo se desconecto unos momentos. Incapaz de creer que lo que había sido un sueño, repentinamente se haya tornado en una pesadilla, obligándolo a ver la terrible realidad en la que tendría que decidir entre el amor de su vida y el fruto de su amor que en principio representaba luz, esperanza y felicidad.

Cuando el de ojos rubí se había preparado para discutir con el doctor, exigiéndole opciones, respuestas, alternativas, dispuesto a buscar segundas opiniones si es que no encontraba alguna que le pareciera, su esposa dijo claramente lo que sellaría el destino de la pareja.

"Si hay que elegir a quién salvar, salve a nuestro hijo. Por favor, haga todo lo posible para que el bebé este bien."

Recuerda como la bajita castaña pronunció esas palabras mientras apretaba su mano, como intentando reconfortar a ambos, asustada pero tratando de demostrar fuerza. Era irónico que cuando se conocieron ella era tan temerosa y nerviosa, pero que en aquel momento era la única de los dos que se podía escuchar con tanta determinación.

Cuando regresaron a casa aquel día, después de recibir estrictas instrucciones de parte del doctor, el hombre de la casa no fue capaz de discutir de ninguna manera con su mujer. No se veía en la posición para ir en su contra, no quería exigir o siquiera rogarle para que se rindiera. Sabía que su esposa jamás cambiaría de idea y que el bebé de ambos llegaría al mundo, aunque literalmente fuera lo último que haría la castaña. Lo único el hombre pudo pronunciar fueron las siguientes palabras.

"Te protegeré como siempre lo he hecho. . . a ti y nuestro bebé."

Con un beso selló esa promesa.

Justo ahora en que el pelirrojo se encontraba en la sala de espera, por qué obviamente no le permitieron entrar, el hombre no podía evitar recordar esa promesa. De verdad quería llegar a tener a su pequeño a sus brazos, pero también anhelaba con toda su alma volver a ver a su pareja.

Quería ser capaz de algún día entrar en el hogar de los tres y cuando llegará a casa encontrar a su castaña jugando con un pequeño niño, de cabellos cafés o quizá pelirrojo. Apretarlos a ambos en un fuerte y apretado abrazo, depositar un beso en sus mejillas, era su mayor sueño.

A pesar de que inconscientemente sabe que quizá es un castigo por descuidar sus deberes como mensajero de los dioses, igual que en los últimos meses desde que se enteró de los riesgos que se avecinaban, Seijūrō, se encontraba rezando. Suplicando a cualquier deidad, ser todo poderoso posible, a quien quisiera escuchar sus súplicas, para que Kō y el pequeño de ambos salieran a salvo.

Esperaba que los dioses le dieran la oportunidad para ser feliz con su familia. Aunque sabe que ese es un deseo demasiado ingenuo.

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Me desvíe del tema pero es que no tenía idea de que escribir :'v

En fin.

Nos leemos en el siguiente día.

31 Días de AkaFuriDonde viven las historias. Descúbrelo ahora