Capítulo 5

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Capítulo 5

Alfonso había apartado a Anahí de su lado y ella se sonrojó violentamente.

–Eso sí que ha sido un buen truco... sonrojarte a voluntad –observó él–. Pero olvidas que pierdes tu tiempo conmigo, Anahí. Conmigo no te hace falta fingir.

–Me alegra saberlo –el color de las mejillas de Anahí subió de tono, pero en esa ocasión por la ira–. Así no tendré que desperdiciar mis energías.

Dándose media vuelta, se dispuso a marcharse, pero Alfonso la agarró de la mano, provocándole una descarga eléctrica que subió por su brazo.

–Tengo algo para ti. Acompáñame.

Víctima de la curiosidad, Anahí siguió a Alfonso hasta el estudio débilmente iluminado. La bella estancia resultaba muy masculina y las paredes estaban cubiertas de estanterías que llegaban hasta el techo, todas abarrotadas de libros.

Alfonso descolgó una foto de la pared, descubriendo una caja fuerte de la que sacó una caja de terciopelo. Abriéndola, le mostró una sencilla, y valiosísima, pulsera de diamantes.

El corazón de Anahí empezó a latir alocadamente cuando le tomó una muñeca.

–Llevas aquí una noche. Creo que es justo que te recompense por ello.

–No hace falta que me premies como si fuese un niño, Alfonso –respondió ella inquieta.

–Ya sé que no eres ninguna niña, Anahí –Alfonso dejó caer su muñeca–. Te recompenso porque me pediste que lo hiciera. Mañana por la noche asistiremos a una gala benéfica y... esta noche será la última que duermas sola.

El temor y la excitación cabalgaron parejos. La idea de ser vista y reconocida, que la gente la señalara y susurrara, la aterrorizaba casi tanto como saber que al día siguiente, a esa misma hora, estaría en su cama.

–Me muero de ganas –mintió mientras reculaba.

Casi había salido por la puerta cuando Alfonso la llamó de nuevo.

–He dispuesto que uno de los mejores joyeros de Londres venga mañana por la mañana –le informó–. Podrás elegir unas cuantas joyas para contentar ese corazoncito de piedra.

Anahí no contestó. Repentinamente pálida, se dio media vuelta y abandonó el estudio. Alfonso la observaba con los puños firmemente cerrados. De nuevo no estuvo seguro de qué reacción había esperado de esa mujer, pero no había sido esa.

Respiró hondo y se preguntó por enésima vez por qué no seguía sus instintos y la tomaba allí mismo, o por qué no lo había hecho sobre el sofá un rato antes ni la seguía hasta el dormitorio. Estaba en su casa. Le pertenecía. Le había pedido un pago a cambio. Pero decidió esperar hasta recuperar la sensación de control.

Anahí le recordaba demasiado a aquel joven ambicioso e impulsivo que había sido una vez, desesperado por formar parte del mundo que ella habitaba. Sin embargo, desde entonces había cambiado, y verse forzado al exilio le había hecho apreciar el lugar del que procedía.

Quizás no quisiera formar parte del mundo cálido y estancado de su familia, pero respetaba su elección. Una vocecita en su cabeza se burló de él, recordándole que, en las escasas ocasiones en que regresaba a casa, sentía una pequeña punzada al ver a sus hermanas con sus maridos y los niños. Incluso llegaba a temer que si permaneciera demasiado tiempo, todo aquello por lo que tanto había luchado desaparecería para siempre y volvería a convertirse en ese joven que había sido.

No iba a permitir que Anahí resucitara esos recuerdos. Ya lo había hecho en una ocasión, pillándole desprevenido, y le había destrozado la vida.

PERDON SIN OLVIDODonde viven las historias. Descúbrelo ahora