Capítulo 6

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Capítulo 6

–No! –exclamó Anahí asaltada por el pánico. Aún no estaba preparada.

–¿No? –Alfonso enarcó una ceja.

–No puedes esperar que vaya a... –ella sacudió la cabeza y empezó a balbucear.

Sus palabras fueron interrumpidas por Alfonso que la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí, mirándola fijamente a los ojos. Ella apenas podía respirar y no entendía el porqué.

Pero cuando Alfonso deslizó las manos por su cuerpo hasta el pecho y cubrió sus labios con la boca, sí comprendió el motivo de su ahogo. Era el deseo que vibraba en su interior y se concentraba entre las piernas.

Anahí apoyó las manos sobre el torso de Alfonso. Era incapaz de concentrarse en nada que no fuera la ardiente boca sobre la suya, que se abrió por voluntad propia.

Sus lenguas se tocaron y ella se aferró a la camisa de Alfonso ante la sensación de que se caía. Fue ligeramente consciente de que una mano había abandonado su pecho para hundirse en sus cabellos y deshacerle el moño.

El beso se hizo más apasionado y Anahí solo oía el rugido de la sangre en sus oídos. Un suave gemido escapó de sus labios cuando Alfonso se apartó de ella hasta que comprendió que esos labios se estaban deslizando por su garganta.

Tuvo la sensación de que el vestido le estaba más suelto, hasta que comprendió que le había bajado la cremallera. Aprovechó una breve pausa para intentar llenar los pulmones de aire, pero fue en vano, pues en cuanto él dejó al descubierto uno de sus pechos, se quedó nuevamente sin respiración.

Encerrados en el coche, Anahí no era consciente de las calles que atravesaban ni de las luces que las iluminaban. Podrían haberse encontrado en otro planeta. Solo era consciente de su propia feminidad y de la contrapartida masculina protagonizada por Alfonso.

Él inclinó nuevamente la cabeza y ella sintió el ardiente aliento en el dolorosamente tenso pezón, antes de que la boca de Alfonso se cerrara sobre él. Hundida en el asiento, se derritió ante la deliciosa sensación que parecía estar conectada con el pulso que latía desenfrenado entre sus muslos.

Como si le hubiera leído la mente, Alfonso deslizó una mano por esos muslos para separarle las piernas y ella se sintió totalmente impotente ante las expertas manos que terminaron de bajarle el corpiño del vestido antes de someter al otro pecho a la tortura que había sufrido el primero.

Como por voluntad propia, las caderas de Anahí bascularon y una mano se hundió en los cabellos de Alfonso mientras que la otra se cerraba con fuerza a medida que la tensión, de gigantescas proporciones, se acumulaba entre las piernas.

Los finos dedos habían encontrado sus braguitas que empezaban a deslizarse por las caderas. Si no le aliviaba esa tensión, Anahí enloquecería.

Segundos después, comprendió que Alfonso había apartado los labios de su cuerpo y que la estaba mirando. Tenía los pechos húmedos y respiraba con dificultad. El vestido estaba subido casi hasta la cintura y las piernas separadas. Las braguitas colgaron de los masculinos dedos antes de que él se las guardara en el bolsillo de la chaqueta.

–¿Qué haces? –preguntó ella, repentinamente consciente de que él seguía impecablemente vestido. Torpemente, tironeó del vestido para bajarlo.

–Me aseguro de que cuando entremos no haya ninguna interrupción.

Solo entonces comprendió ella que estaban ante la puerta del edificio de Alfonso y que el portero se acercaba para abrir la puerta del coche. Él la empujó hacia delante y le subió la cremallera del vestido antes de entregarle el chal.

PERDON SIN OLVIDODonde viven las historias. Descúbrelo ahora