Capítulo Treinta y uno

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Alma

─¿Hola? ─llamé, pero de nuevo nadie respondió.

Tenía ya 30 minutos caminando en lo que parecía ser en círculos, gritando cada tanto si había alguien ahí o un simple hola ─No recibí respuesta ─, pero no pasaba nada. Seguí caminando y cada metro avanzaba era igual que el anterior; creo que estaba en un especie de sueño que asemejaba un bucle, no lo sabía, pero al menos estaba consciente de que si era un sueño era uno lúcido porque mi caminar no se veía afectado y mi hombro no me dolía ni mucho menos la mandíbula.

─¿Hay alguien aquí? ─volví a gritar mientras avanzaba otro poco aunque fuera inútil.

Pronto me cansé y me senté en el suelo de la manera más cuidadosa que pudiera porque algo me decía en el fondo que aunque no sintiera nada en este momento eso no podría durar mucho. Una vez sentado en suelo y recargado en uno de los tantos arboles parecidos junto claro que me encontraba ─porque sí, era un claro en medio de lo que parecía un bosque. Hasta resultaba irónico que estuviera en un lugar así de bello cuando lo que vi hace un momento no se podría considerar bello ─me dispuse a esperar.

No tardé en cerrar lo ojos dejándome llevar por el cansancio mental que había estado acumulando en las pasadas horas en las que podría catalogar como mi tortura. Me dejé llevar y tan pronto como mi cuerpo se relajó de nuevo vinieron a mí la oleada de recuerdos o flashback de una vida que parecía haber vivido en otra realidad. No me opuse a observar cada imagen que se sentía real, tampoco me opuse a las sensaciones que me embargaban ni mucho menos respingué cuando me vi caer herido provocada por una espada.

Me mantuve quieto, observando todos los detalles que venían a mí y no me inmuté ni siquiera un poco hasta que en mi visión ella apareció.

Era como la había visto antes de ser lanzado, hermosa. Lucía hermosa.

Definitivamente estaba hipnotizado por lo que mis ojos veían y no, no solo se trataba de ella sino de todo lo que la rodeaba, del sendero que parecía qe recorríamos y de los claros llenos de pasto verde y maravillosas flores silvestres que se movían con el viento inundando de una u otra forma mi nariz; era definitivo, me gustaba lo que veía, incluso si se trataba del ataque hacia mi persona porque en el fondo algo me decía que la había salvado de la muerte a ella.

A la princesa que todos buscaban.

─Mi Guerrero...

La escuché llamarme a lo que volteé buscando su voz, buscándola a ella sin respuesta de ella o de su presencia

─Princesa... ─susurré, pero no recibí respuesta.

No quise desanimarme porque sabía que aunque se sintiera real solo eran recuerdos de algo que no sabía si ya la había vivido. Así que con el ánimo un poco bajo me senté en medio de las raíces de uno de los grandes arboles que me rodeaban y recargué mi espalda en su tronco para después cerrar los ojos no sin antes decirle adiós a la dulce voz que ya conocía bien.

No tardé mucho para volver a la conciencia y abrir los ojos, pero una vez abiertos me vi sorprendido por la mirada fija de una mujer observándome con detenimiento y curiosidad. No la reconocía de ninguno de mis recuerdos o sueños, pues no podría olvidar un rostro como el suyo.

Un rostro bello y casi irreal con grandes ojos y facciones que no sabría describir porque seguramente no haría justicia a su tremenda belleza.

Sin decir nada extendí mis labios hacia los costados dejándole ver que le estaba dando una tímida sonrisa, lo tomó muy bien y en su rostro se reflejó una gran sonrisa que mostraban dientes perfectos y un rostro amable e inocente que pronto se alejó del mío para sentarse frente a mí.

Alma de GuerreroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora