Ya eran muy viejitos, muy viejitos, pero Dios, contaban con una gracia tan juvenil. Ella siempre con vestido largo, zapatos negros, o cafés, de todos colores, anillo de oro, cabello de plata, sonrisa de buzo.
Él, el mejor amigo del barrio, buen olor, zapatos anchos y de cuero, abrigo de lona, voz de vaquero.
Solían caminar juntos por las calles de viejo barrio, él con su auto azul, nos llevaba de vez en cuando a uno que otro parque. Ella siempre llevaba una sonrisa como bandera.
Pensé que moriría junto con ellos el día en que me hicieran falta. -Hija-, debes de ser una buena mujer, ¿qué es una buena mujer madre?, -le solía preguntar-
Mira, yo he crecido en un tiempo distinto al tuyo, barrer, trapear y cuidar hijos es para lo que has nacido, decía mí padre.
Pero aquellas cárceles ya no deberían de existir hoy en día, mira, ahora tienes la posibilidad de estudiar, y aunque eso no te haga mejor persona, te da la posibilidad de ser libre, de no vivir anclada a un trabajo de por vida.
El conocimiento te hace libre, bailar te hace libre, orar te hace libre, escribir te hace libre, pero como toda buena recompensa, precisa de una buena lucha.
¡Ay mí viejita!, cuanta razón tenía.
Y él, tan varonil, nunca le alzó la voz a mí madre, ni le insulto, las discusiones parecían charla de amigos. Desprendían un dulce aroma a amor. El jardín siempre lleno de flores, la casa siempre llena paz.
Pensé que moriría el día en que me hicieran falta mis viejitos, en verdad lo pensé... -Dijo-

ESTÁS LEYENDO
Contado de otra manera.
RomanceContado de otra manera, sin embargo sigue siendo lo mismo.