—Tienes que decírselo a Lena —repite Felicity, muy seria, con el ceño fruncido mientras me tiende una taza de té que está empeñada en que me tome, por mucho que le diga que no me entra nada ahora mismo.
Esta mañana la conversación con Lucía me ha dejado destrozada. Nada más llegar al trabajo le he dicho a Kate que no me encontraba bien y he vuelto a casa. Ni siquiera me he visto con fuerzas de avisar a Lena. La simple idea de verle me comprimía los pulmones hasta dejarme sin aire. Cuando he llegado a casa, he llamado a Felicity para explicarle lo ocurrido y ha salido del trabajo a toda prisa para hacerme compañía. Desde entonces, he recibido varias llamadas de Lena que no he respondido. No sé qué decirle.
No soy capaz de pensar con claridad.
—No puedo explicarle nada de esto, si se lo cuento, Lucía cumplirá su amenaza y Lena se quedará roto.
—Eso no lo puedes saber. No puedes rendirte sin pelear.
Me quedo en silencio barajando mis opciones. La verdad es que lo veo todo muy negro. No se me ocurre ninguna forma de solucionar este entuerto sin que alguien acabe malherido. No me puedo creer que exista alguien tan ruin como Lucía. No le importa nadie más que ella: ni la felicidad de su hija, a la que no quiere, ni la felicidad de Lena, al que solo quiere porque no lo puede tener.
—No sé qué hacer —admito.
—No tomes decisiones precipitadas, Kara. Encontraremos la manera de ganarle la partida a esa cerda. No renuncies a Lena.
Eso me hace pensar en Lena y una ráfaga de recuerdos inunda mi mente. Lena y su sonrisa, preciosa, y sus arruguitas de expresión que se dibujan a lado y lado de su boca. Lena y sus ojos marrones y chispeantes como la Coca-Cola. Lena susurrándome cosas preciosas en el oído. Lena y su tacto recorriendo mi piel, dejándome sin aire. Lena y sus caderas chocando contra las mías. Lena y la cadencia de su respiración cuando duerme.
Las lágrimas empiezan a resbalar por mis mejillas cuando me doy cuenta a todo lo que tengo que renuncia por su felicidad. Quién me hubiera dicho hace tres meses que me encontraría así, rota en mil pedazos, amándolo con tanta intensidad que duele, que abruma, que sobrepasa. Ahora entiendo el significado de la frase «me duele el alma», porque hay ocasiones en las que el dolor está tan adentro, es tan íntimo e interno, que va más allá de lo físico, de lo corporal.
—Nunca he amado a nadie como amo a Lena.
—Lo sé.
—No puedo poner en riesgo su felicidad. —Nada más decirlo en voz alta me doy cuenta de todas las connotaciones que impregnan esta frase.
—Kara...
—Tengo que dejarle. Tengo que dejarle porque quiero su felicidad por encima de la mía.
Sus brazos me estrechan con fuerza mientras las lágrimas siguen recorriendo mis mejillas, mientras el dolor dentro de mi pecho arrasa con todo hasta dejarme el corazón hecho añicos.
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Psdt: Te odio (Supercorp)
FanfictionAdaptación del libro de Ella Valentine "Posdata: Te odio" Todos los derechos a Ella Valentine y personajes a DC