Capítulo 4
¡Anahí se quedó atónita a! ver la envergadura del festival «El sabor de la tierra». Los participantes habían llevado barbacoas portátiles, mesas, sillas, y todo lo necesario para hacer de aquella una memorable ocasión.
Anahí había decidido traer comida alemana ya preparada, mientras que Alfonso y Vance habían montado un increíble asador en el que cocinaban y vendían gigantescos entrecots a la brasa.
Durante dos horas, Anahí y una de sus camareras estuvieron vendiendo y charlando con los transeúntes.
Una banda local tocaba una animada música que algunos visitantes ya habían empezado a bailar.
Anahí estaba satisfecha con el modo en que iban las cosas. Había recibido muchas felicitaciones por su comida y varias promesas de que irían a su nuevo restaurante. La alivió saber que tendría clientes por mucho que los hombres del pueblo trataran de impedírselo.
Una vez acabada la venta, lo recogió todo y tiró a las papeleras de reciclaje los desperdicios. Se quedaría en el festival una hora y luego se iría a casa. Había sido un día agotador y, definitivamente, necesitaba descansar.
—Ahí está —le murmuró Wes Martin a Alfonso—. Esta es tu oportunidad. Pídele que baile contigo.
—Le diré a la orquesta que toquen algo lento —dijo Clem Spaulding.
Alfonso protestó y miró a Vance con la esperanza de que este desanimara a los otros. Pero no lo hizo. No sabía si estaba preparado para poder enfrentarse a ella después de aquellos sensuales besos de hacía unas cuantas noches.
—Vamos, Alfonso, cumple con tu obligación. Tienes una misión.
No le gustaba nada aquello de sentirse observado, particularmente cuando tenía tantos problemas para acercarse a una mujer.
Respiró profundamente y se aproximó a Anahí, que se disponía a marcharse.
—¿Quieres bailar? —le preguntó.
Ella se volvió y lo miró confusa.
—No, gracias. Estoy cansada. Prefiero irme a casa.
—Será solo una canción, por favor —le rogó sin atreverse ni tan siquiera a mirarla a los ojos. Ella cedió y juntos se encaminaron a la improvisada pista de baile—. ¿Te has planteado lo de abrir a la hora de comer?
—No —respondió ella.
La orquesta comenzó a tocar uno de los viejos temas de Elvis, Can't help falling in love y Alfonso tomó a su pareja suavemente en sus brazos.
Aquello fue suficiente para que todas las sensaciones de aquel descabellado y cálido beso lo llenaran de un sentimiento erótico y sensual. Inevitablemente, la abrazó con más fuerza.
Iba a ser un baile largo y tortuoso. Notó el aroma de su champú y sus senos cálidos contra su pecho, mientras sus caderas se balanceaban sensualmente de un lado a otro.
Anahí enroscó los brazos alrededor de su cuello y se dejó llevar. Aquella respuesta lo obligó a cerrar los ojos y a luchar desesperadamente por controlarse.
Pronto notó que todo cuanto había a su alrededor desaparecía. Ya no había orquesta, ni parejas bailando a su alrededor. Solo imaginaba el sensual movimiento de aquel cuerpo que tenía entre sus brazos exento de ropa y rodando por una cama gigante.
Cada vez la apretaba más y sentía su virilidad arder como si un verdadero fuego se hubiera prendido en él.
Se suponía que tenía una misión, pero no era capaz de llevaría a cabo. En lo único que podía pensar era en besarla y hacerle el amor.
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Una trampa para ella
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