Capítulo 7

603 49 2
                                        

Capítulo 7

Alfonso observó a Anahí mientras se quitaba la chaqueta. Internamente gimió al notar que la camisa se le había empapado y que se pegaba, insinuante, a sus senos turgentes. ¿Por qué no podía dejar a un lado sus atributos físicos y concentrarse en huir de su carácter demoníaco? ¿Por qué no la despreciaba, cuando había estado insultándolo desde el primer día que se vieron?

Porque la sentía sola y vencida, aunque tratara de fingir lo contrario. Parecía estar a punto de llorar, pero luchaba desesperadamente por no derrumbarse delante de él. No quería que supiera que era vulnerable.

—¿Que te sucede, Anahí? —le preguntó él suavemente.

Con el pelo empapado pegado al rostro, los ojos hinchados por el llanto contenido, y un aire patético y lánguido a un tiempo, tenía un aspecto francamente deleznable. No obstante, seguía pareciéndole la mujer más hermosa del mundo y hacía que su corazón palpitara a un ritmo desenfrenado.

Empezaba a pensar que no solo era ella la que estaba loca por andar bajo la lluvia en mitad de la noche. Él presentaba claros síntomas de demencia por no poder mantenerse a distancia de ella.

Podía tener a cualquier mujer que quisiera. Generalmente eran ellas las que lo perseguían. Sin embargo, quería a la única que lo rehuía.

—¡Todo va mal en mi vida! —dijo finalmente ella—. Mi negocio se está hundiendo por culpa del boicot masculino y las obras en la autopista. Y, encima, tú estás aquí para presenciar mi derrota.

—Terrible —dijo él con una sonrisa burlona.

—Y que lo digas —ella se dejó caer en el sofá como si se hubiera quedado sin fuerzas—. Si no cedo a las presiones y abro a mediodía, no voy a poder salir adelante. Eso os haría muy felices a todos.

Alfonso se sentó a su lado y le puso el brazo sobre los hombros para reconfortarla.

—Abrir a la hora de la comida no es nada malo —le murmuró—. Eso satisfará a los del pueblo y te ayudará a salir adelante hasta que las obras terminen. Las cosas irán bien.

—No, no irán bien. Significará que me he dado por vencida ante las injustas presiones de los hombres de este pueblo. Eso me da náuseas.

Alfonso la apretó con cariño y notó que ella gemía atormentada.

—Tragarse el orgullo nunca es fácil —le murmuró—. Los Herrera hemos tenido que hacerlo también. Hemos tenido que aprender a compartir nuestros equipos y nuestro trabajo para recortar gastos, y eso nos ha costado. Pero era el único modo de poder competir en un mercado tan fluctuante como el nuestro. Uno aprende con los años que lo importante es hacer en cada momento lo que sea necesario y vivir con ello sin amarguras.

Ella suspiró.

—Supongo que tienes razón. Yo estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario para seguir con mi negocio. Cocinaré hamburguesas lo mejor que pueda —se volvió hacia él para mirarlo y él sintió que se hundía en aquellos hipnóticos ojos—. ¿Me podrás servir más carne?

—Por supuesto —respondió él, sintiendo unos intensos deseos de besarla. Tenía un aspecto tan vulnerable que lo conmovía. Se levantó y la instó a levantarse con él—. Deberías subir a ponerte ropa seca. ¿Has cenado?

—No —le murmuró ella.

—Es increíble que teniendo un restaurante no hayas comido. ¿Qué te sucede?

—No tengo hambre.

—Pues, a pesar de todo, vas a comer —afirmó él—. Puede que no sea un renombrado chef, pero te voy a preparar algo mientras estás arriba.

Una trampa para ellaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora