Capítulo 8

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Capítulo 8

Anahí se despertó poco a poco y sintió una enorme satisfacción al verse en brazos de Alfonso.

Sonrió al recordar la cálida y devastadora pasión de su encuentro nocturno. Había sido una noche de sexo caliente y salvaje, y apenas si había dormido.

Alfonso había satisfecho todos los sueños eróticos que había tenido a lo largo de su vida. Sin duda, conocía a la perfección los secretos de un cuerpo femenino. Le había enseñado cosas sobre sí misma que hasta entonces desconocía y le había mostrado cómo se podía sentir satisfacción tanto dando placer como recibiéndolo.

Solo de pensar que había estado a punto de decirle que quería que desapareciera de su vida para siempre hacía que se sintiera estúpida. De ningún modo habría querido privarse a sí misma de lo que había descubierto en sus brazos.

Solo temía haber cometido un error de estrategia al confesarle su amor. Pero las palabras habían salido de su boca por voluntad propia y sin consultarle. Había hecho oídos sordos a las recomendaciones de Dawn.

Pero lo cierto era que amaba a Alfonso Herrera. Aquel hombre siempre había estado, de un modo u otro, en su corazón. Sin embargo, no estaba segura de que hacérselo saber fuera algo bueno. Le había dado muestras de su vulnerabilidad.

Le dolía mucho saber que docenas de mujeres le habrían confesado exactamente lo mismo una docena de veces. Así que no había hecho sino pasar a formar parte de la incontable lista de damas que habían caído a sus pies, cautivadas por su sonrisa.

Aunque no había esperado explícitamente que Alfonso respondiera que también la amaba, se había sentido decepcionada al ver que no lo hacía ni a tenor de la pasión del momento. Aquel pensamiento la empujó a separarse de él. Apartó las sábanas y se puso de pie.

Alfonso se removió bajo las ropas de la cama y extendió el brazo hasta tocar la almohada vacía.

Estaba profundamente dormido y ella aprovechó para observarlo.

Con el pelo revuelto y el rostro relajado, parecía más joven. Pero su cuerpo decía claramente que se trataba de un hombre en toda su plenitud. Era la primera vez que admiraba abiertamente aquel torso musculoso, aquel vientre plano y apretado. Sintió una cálida sensación, pero la contuvo. Ya estaba bien.

De puntillas, se metió en el baño y luego en la ducha.

Sintió el agua cayéndole por la cabeza y por la piel, y notó... ¡Un cuerpo cálido junto al suyo! Se sobresaltó y abrió los ojos.

—Soy yo —le dijo él—. ¿Esperabas a otra persona?

—E... no —dijo ella. La intensa luz del baño dejaba ver con todo detalle sus curvas. Se ruborizó.

—¿Estás bien? —le murmuró contra el cuello.

—Sí. ¿Y tú?

La instó a girar hacia él y sonrió.

—Es la primera vez que te duchas con alguien, ¿verdad?

—Sí —admitió ella.

—Dime, ¿qué te parecería que lo hiciéramos aquí?

Ella lo miró interrogante.

—¿Aquí mismo?

Él rio y tomó su rostro entre las manos.

—Sí.

La besó de tal modo que le hizo olvidar dónde estaba. Solo le importaba que fuera él.

Una trampa para ellaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora