Capítulo 6

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Capítulo 6

Anahí se levantó del sofá y se encaminó descalza hacia la puerta. Nada más abrir se sobresaltó. No sabía qué era peor, si encontrarse a Wes y a sus secuaces o a Alfonso.

—Cuánto tiempo —dijo Alfonso y entró en la casa sin ser invitado.

—Pasa, pasa —le dijo ella después de que ya estuviera dentro. ¡Maldición! Estaba guapísimo y olía increíblemente bien.

Alfonso miró de un lado a otro del salón y comprobó que estaba en un estado de caos. Había varias prendas descuidadamente abandonadas sobre las sillas.

—¿Estás demasiado ocupada en el restaurante para dedicarte a limpiar?

Avergonzada, Anahí recogió el sujetador que se había dejado en una silla, y se lo metió en el bolsillo del pantalón antes de que él lo alcanzara.

—Lo siento, «Romeo», pero no vas a poder llevarte este trofeo contigo. Es el único que tengo limpio en este momento y lo necesito. No he tenido tiempo de hacer la colada.

Él la miró fijamente, con aquella mirada penetrante y desconcertante.

—¿Quieres que me lleve algo de ropa para lavar a casa?

—No, porque seguro que te la pondrías para poder decirle a todos los hombres de este pueblo que te has metido en mi ropa interior.

Él se rio.

—Esa es una buena táctica. Me pregunto por qué no se me habrá ocurrido antes.

—Probablemente, porque siempre obtienes lo que quieres y no necesitas de ese tipo de juegos. ¿Un vino? —le ofreció ella casi sin hacer pausa.

—Prefiero una cerveza —dijo él, sintiendo que su voz sugerente le provocaba espasmos en la columna vertebral.

—Lo siento pero no tengo. Yo voy a tomarme un vino.

—De acuerdo, yo también.

Anahí se encaminó a la zona de la cocina para servir unas copas. Beber no era la mejor idea considerando lo cansada que estaba. Pero necesitaba algo que le ayudara a salir airosa de aquella situación.

Anahí llenó dos copas y se encaminó hacia Alfonso. Aquel hombre lo llenaba todo con su impresionante presencia.

—Gracias —le dijo él en cuanto le entregó la bebida—. No me vendrá mal un trago de algo relajante.

Anahí se sentó en el sofá.

—¿Has tenido un mal día? Dudo que las vacas te hagan la vida difícil. Según tengo entendido las hembras de todas las especies te adoran.

Alfonso se sentó al lado de ella.

—Anahí, estoy tratando de ser agradable contigo.

—No te esfuerces —dijo ella y dio un sorbo.

Se sorprendió al darse cuenta de lo rápido que su cabeza reaccionaba al vino, hasta que recordó que apenas si había comido y que no había cenado. El vino cayó en su estómago vacío, impactando con la misma fuerza con la que Alfonso afectaba a su cuerpo.

—Anahí, la brecha entre hombres y mujeres cada vez es mayor por tu causa —dijo él sin preámbulos—. Y a mí mis primos me culpan de sus malas comidas.

—¿Acaso ellos mismos no pueden prepararse los sándwiches? —preguntó ella con sorna—. Así que ahora es culpa mía su ineptitud para la cocina.

Alfonso levantó el brazo y lo apoyó sobre el respaldo del sofá. Anahí lo miró con sospecha. Si se le ocurría lanzar un ataque, temía acabar peligrosamente derretida en sus brazos. Estaba demasiado cansada para rebelarse contra él.

Una trampa para ellaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora