Bernadette Glades está destinada a encontrar los secretos que otros pretenden que no sean develados. Y el recuerdo de haber realizado el peor descubrimiento del verano, le persigue.
Lo peor es que el destino se ha encaprichado en tenerle presente en...
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Me he preguntado mil veces que es lo peor del Instituto Morgan y la respuesta suele ser la misma: todo.
Desde los pasillos repletos de estudiantes indiscretos hasta los profesores obstinados. Desde la ausencia de máquinas expendedoras de chocolatinas y papitas hasta las puertas grafiteadas de los aseos.
Puedo enumerar cada una de las cosas que están mal con este intituto, pero moriría en el intento.
Todo, absolutamente todo en este sitio me grita «¡Escapa!»
Pero, siendo sincera conmigo misma, ¿qué oportunidades tendría en caso de huir? Cero.
Por eso me resigno a ser paciente y a cruzar los dedos para que este año pase rápido y sin más inconvenientes. Luego haré las maletas -rectifico- la maleta, porque no pienso llevarme más de lo necesario, y me marcharé de este maldito pueblo.
La universidad de Syracusse es mi primera opción de destino, aunque antes haré una parada en Las Vegas.
No me juzguen.
Después de vivir durante diecisiete años en Denfield, el pueblo más aburrido del planeta, un fin de semana en la ciudad de los pecados no me hará ningún daño.
Antes, cuando solía venir al instituto caminando, tardaba alrededor de diez minutos. Tal vez menos si atravesaba el bosque.
Desde lo que ocurrió a mediados del verano mis padres me lo prohibieron.
Se empeñaron en que obtuviera la licencia de conducción y luego me obsequiaron un coche de segunda mano que hace ruidos inquietantes cuando freno.
Así que aquí estoy, aparcando en el estacionamiento del Instituto Morgan y fingiendo una sonrisa antes de enfrentarme a mi primer día de clases.
Lo primero que me sorprende es que no hayan colgado en la entrada ningún cartel de bienvenida, y que el director Hanz no esté esperándonos en el auditorio para obligarnos a escuchar uno de sus tantos discursos. En cambio, que la foto de Jessica Farning haya sido desplazada del sitio en el que los estudiantes dejaron sus cartas de despedida, no me toma por sorpresa.
Porque, siendo sincera, el nombre de Jessica dejó de mencionarse en el pueblo desde finales de Agosto.
Como si el hecho de no pronunciarlo borrase de la memoria el desgarrador suceso. Como si el recuerdo de su rostro pudiese desaparecer de mi mente.
Avanzo hasta mi casillero y dejo en él lo típico: un cambio de ropa, por si me vuelco la bebida -que suele ocurrirme con frecuencia-; una barra de proteínas, dos gomas elásticas de las que sirven para recoger el cabello -porque también suelo perderlas con frecuencia- y el kit de primeros auxilios que mi madre insiste en echarme a la mochila junto al bote de pastillas que calman mis episodios.
—Hola, Berni —escucho a mi espalda.
No necesito voltearme para saber de quien se trata.
No solo porque esa voz grave es inconfundible, sino porque le pertenece a Elliot McAdams. El chico que ha hecho temblar mis piernas desde el kinder, el que le ha sacado incontables suspiros a mi corazón, y el único que se atrevería a dirigirme la palabra.