16♤ Coordenadas

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—¿Por qué demonios tardas tanto? —mascullo mirando la pantalla de mi teléfono

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—¿Por qué demonios tardas tanto? —mascullo mirando la pantalla de mi teléfono.

Respirar profundo y torcerse los dedos. Eso es todo cuanto hago para no perder la paciencia.

Por más que el instructor de combate nos enseñó que aguardar es la clave para un ataque preciso, la espera jamás ha sido mi punto fuerte. Menos si se trata de Bernadette y de un asunto tan urgente como el de Jess.

Jess, cielos. ¡Vaya mierda!

Llevo días intentando recordar como lucía su rostro la última vez que nos vimos. Pero no lo consigo. Es como si el tiempo hubiese borrado de mi mente la nitidez de sus facciones. Como si estuviese olvidando nuestros momentos juntos.

Cierro los ojos con fuerza y le hablo. Sintiéndome algo idiota porque ella no puede escucharme:

—Encontraré a los que te hicieron daño.

Supe que las autoridades habían clausurado la cabaña abandonada del muelle, porque el idiota de Tom Fordy la usaba como sitio de intercambio. Fue gracias a Fordy que fumé mi primer cigarrillo, aunque ese es un vicio que dejé en el olvido cuando los Farning me enviaron al colegio militar. 

Por eso la cabaña es el sitio perfecto para reunirme con Bernadette.

Alejado, silencioso, desolado.

Aunque la iluminación es un poco jodida. La bombilla incandescente tose cada tres minutos, haciendo que el espacio quede sumido en total oscuridad por intervalos. Y es durante esos intervalos, donde mis sentidos se ponen en alerta.

Tengo el entrenamiento necesario para adivinar lo que ocurre a mi alrededor incluso si llevo los ojos vendados. Así es como escucho las pisadas.

Alguien se acerca.
Puede que sea Bernadette.
O puede que no.

Me ubico tras la puerta de madera y miro por una rendija. Todo lo que alcanzo a notar es una sudadera con capucha cubriendo una silueta difuminada. Se me hace imposible asegurar que sea la hija del comisario. Llevo una mano hasta la altura de mi tobillo y atrapo la navaja que escondo entre la piel y el costado de mi bota derecha.

No tocan a la puerta, simplemente la empujan, haciendo crujir las desgastadas bisagras.

Y justo cuando la figura se adentra en la cabaña, con una maniobra bastante sencilla para mí, me aproximo sigiloso y me lanzo hacia ella. Mi agarre le toma por sorpresa, al igual que el filo de la navaja en su cuello. La luz de la bombilla se apaga por completo, lo que le dificulta a mis ojos el estudio del intruso.

Tengo sus brazos apresados en uno de los míos, y se me hace extraño que no oponga resistencia. Huelo una colonia masculina ligada con algunos toques de...¿vainilla?

Mi primer pensamiento es que el intruso debe ser un adolescente debilucho, porque apenas percibo músculos en sus brazos. Pero en cuanto pretendo preguntar por su indentidad, una voz conocida me sobresalta.

Porque Puedo Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora