Bernadette Glades está destinada a encontrar los secretos que otros pretenden que no sean develados. Y el recuerdo de haber realizado el peor descubrimiento del verano, le persigue.
Lo peor es que el destino se ha encaprichado en tenerle presente en...
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¿Has visto sus ojos? Menudo cuerpo esconde esa camisa. ¡Cielos! Está que arde. ¿Qué hace aquí?
Todos esos comentarios desubicados son susurrados a mi espalda.
Volteo y veo a un grupo de chicas, de primer año a juzgar por la emoción de sus rostros, babear en dirección al chico nuevo.
¿Cómo describirles a Arthur Farning sin sonar exagerada?
Solíamos ser compañeros de clases, aunque el jamás le dirigió la palabra a alguien que no fuese Jessica, su hermana adoptiva.
Era un alma solitaria como yo, incluso podría decirse que inocente. Hasta que a los trece sacó a relucir su veta rebelde, golpeando a otro chico de nuestro salón.
De aquel hecho solo recuerdo el suelo ensangrentado y los sollozos de las niñas cuando vieron el rostro irreconocible de un George casi inconsciente.
He de decir que en ese entonces yo también odiaba a aquel idiota y varias veces estuve a punto de pegarle.
Pero me contuve.
Porque enfrentarle me haría sobresalir y, ¡no gracias!, no deseaba volverme el centro de atención.
Después de aquel y de muchos inconvenientes más, los señores Farning enviaron a su hijo adoptivo a un colegio militar, y nunca más se supo de él. Hasta hoy.
Pues ni siquiera hizo acto de presencia en el funeral de Jessica. Lo sé, porque mi padre me obligó a asistir en contra de mi voluntad.
El primer timbre hace eco en el pasillo y entonces, desde los altavoces, la voz del director Hanz se reproduce: -Estimados estudiantes, les esperamos a todos en el área de deportes.
Ya sabía yo que la ausencia del director resultaba extraña.
Me centro en ordenar mi casillero, esperando a que la multitud de estudiantes se disuelva. Solo he dado dos pasos cuando una notificación de mensaje llega a mi teléfono. Lo tomo del bolsillo de mi chaqueta y fijo mis ojos en la pantalla.
Ni siquiera pienses en huir. Elliot
Sonrío como una tonta mientras me doy golpecitos en la frente con uno de los casilleros. Elliot sabe mucho sobre mí, incluso que suelo escabullirme de los discursos del director Hanz.
¿Debería responderle? Mejor no. ¿O sí?
Quizá si le escribo algo como lo haré si vienes conmigo, note mis verdaderas intenciones.
Estoy tan concentrada en teclear una respuesta, que no percibo la presencia tras de mí. Hasta que una voz demandante, de esas que harían temblar a la persona más inalterable del planeta, ordena: -Muévete.
Separo mi frente de la superficie metálica y volteo sobre mis talones.
Mi mirada capta unas botas estilo militar de color negro. Me sorprende que sean tan parecidas a las que llevo puestas en este momento.