6♤ Sospechosos

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Aún con el aro de luz incidiendo en mi rostro, entrecierro los párpados y distingo las zapatillas de cordones morados tan típicas del equipo de fútbol

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Aún con el aro de luz incidiendo en mi rostro, entrecierro los párpados y distingo las zapatillas de cordones morados tan típicas del equipo de fútbol.

—¿Elliot? —susurro la pregunta, todavía con dudas.

—No soy Elliot —contesta e ilumina con la linterna su rostro.

Esa melena castaña la reconocería hasta el mismísimo presidente. Es su rasgo más característico y el único decente que tiene.
De todas las personas que podía encontrarme en este sitio, él representa la que menos esperaba.

—¿Jason? ¿Qué...qué haces aquí?

—Yo pregunté primero —acusa—. ¿Qué haces en el bosque a las...—mira su reloj— cuatro y veintidós minutos?  

—Correr.

—¿A esta hora? —duda.

Intento mostrarme calmada, serena, sincera. Me encojo de hombros y no bajo la mirada. Supongo que mi expresión acaba por convencerle porque dice:
—Sí que eres rara, Bernadette.

—¿Tú?

—¿Yo qué?

—¿Qué haces aquí?

—Iba conduciendo y escuché...escuché unos gritos.

¿Conduciendo? ¿Unos gritos?
La carretera está a menos de diez metros, pero qué tan alto pude haber gritado para que se escuchase desde ahí.

—Mientes muy mal —mascullo.

—Tú también —se defiende—. ¿Dejémoslo estar, vale?

—Sí, creo que lo mejor es salir de aquí cuanto antes y olvidar que nos encontramos en medio del bosque a estas horas tan sospechosas —sugiero, intentando ponerme de pie. Pero en cuanto lo hago, siento una presión insoportable en mi tobillo.

—¿Necesitas ayuda? 

—No.

—Creo que sí —dice mirando como arrastro el pie dañado por el suelo en vez de levantarlo.

Le veo agacharse frente a mí, sosteniendo la linterna entre sus dientes. Una de sus manos se posa sobre mi tobillo y lo revisa, como si de un médico profesional se tratase. Y entonces, me alza por detrás de mis rodillas, cargando mi peso en sus brazos.

Todo ocurre tan rápido, que cuando reacciono, Jason Brand ya está dejándome en su camioneta, sobre el asiento del copiloto. Quiero empujarle y hacerle entender que nadie puede tocarme. Pero ni siquiera me da tiempo a quejarme de su atrevimiento.

—Hielo y algo de reposo. No tienes fracturas, ni necesitarás escayola. Sí un par de analgésicos para aliviar las molestias —me informa—. ¿Qué tanto te duele?

—Mucho, quema como si estuviese parada encima de una parilla ardiente.

—Bien...eso no es nada grave.

Porque Puedo Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora