Bernadette Glades está destinada a encontrar los secretos que otros pretenden que no sean develados. Y el recuerdo de haber realizado el peor descubrimiento del verano, le persigue.
Lo peor es que el destino se ha encaprichado en tenerle presente en...
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Quisiera permanecer igual de inalterable que Arthur Farning, pero el efecto de sus palabras me golpea. Tanto que llego a sentir una fuerte punzada en mi cabeza.
Debí pedirle a Huston que me dejase tomar las píldoras.
Mi dedo índice comienza a temblar sobre el gatillo. Una ligera capa de sudor se apropia de mi frente. Siento un aumento de latidos desafiando el ritmo cardíaco normal.
—¿De qué rayos estás hablando? —espeto en dirección al intruso.
—¿Intentas hacerme creer que olvidaste todo lo que pasó hace diez años? —rebate y sus ojos se clavan en los míos—. Tú y yo, en esta misma habitación —gira su dedo en el aire para hacer referencia al reducido espacio en el que nos encontramos.
Frunzo el ceño, un tanto confundida por sus palabras.
Llevo la mirada a las estanterías, al cuadro de Napoleón que decora una de las paredes, al escritorio empolvado y desprovisto de objetos encima.
Todo da vueltas.
Me debes una, Bernadette.
No logro entender la expresión abatida de Arthur, menos su convincente frase.
—Lo olvidaste —susurra con pesar—. Vaya forma de agradecer la tuya —se queja mostrando una sorisa decepcionada—. Acabas de mandar a la mierda mis ideas de chantaje.
La presencia de Farning y sus argumentos empiezan a convertirse en un enigma para mí. Y no me agradan los enigmas.
—¿Tú y yo...? —mi vista se nubla y me sobreviene la sensación de desequilibrio. Respiro con fuerzas y sostengo mi peso en el librero que descansa a mi espalda. Temo preguntar, pero termino actuando en contra de mis instintos, porque no se sale de dudas permaneciendo en silencio—. ¿Por...por qué debería recordarte?
—Porque sé todo de ti, Bernadette. Porque una vez te ayudé...y esperaba que ahora me ayudases a mí.
—¡Ni siquiera te conozco!
—Sí lo haces, solo no sé por qué no lo recuerdas.
Quizá Farning pertenezca a ese pasado que está bloqueado en mi mente.
—Fuiste la primera persona con la que hablé cuando llegué a Denfield —confiesa—. Yo acababa de ser adoptado, mi nueva hermana quería obligarme a jugar con sus muñecas y me escapé por la ventana del baño. Estabas sentada en el porche de esta casa, fabricando una trampa para liebres junto a tu abuelo.
Dejo de apuntarle con el rifle de caza justo cuando de forma inconsciente retrocedo al pasado.
Estoy sentada en uno de los escalones de la entrada, sosteniendo la jaula de madera mientras el abuelo Edgar anuda la soga. Un chico se acerca a nosotros, abuelo me susurra que es el nuevo hijo de los Farning y advierte que debo ser amable y no pegarle con el puño como hice con Elliot.