La mañana del sábado se me pasó volando al lado de ma fèe. Así decidí llamarla, sin contar con su permiso aunque sí con su aprobación, porque eso era lo que me parecía; un hada noble y misteriosa.
Los temas de conversación se habían ido sucediendo, descubriendo sin reservas las similitudes y diferencias que teníamos. Hablamos de mi trabajo, de mi cariño hacia Mary, a quien Ruth ya conocía, de Katy y la universidad, de las políticas sociales, de Francia… Un sinfín de información que acrecentaba la necesidad de continuar sabiendo la una de la otra. Es verdad que no cesaron las miradas, las insinuaciones, las provocaciones… y pudimos disfrutar de eso también, sin peligro.
Un pequeño rugido en mi estómago me incitó a mirar la hora. ¿Las tres? ¡No puede ser! Ruth también miró su móvil. ¡Ostias, es cierto! La miré para interrogarle. No sabía si ella tendría que marcharse. A mí no me espera nadie. Su aclaración vino acompañada de una pregunta casi obligada. Y a ti, Sussan, ¿te esperan? ¿Por qué me pensé la respuesta? La sinceridad se estaba convirtiendo en el estandarte de nuestra relación, ¿de verdad iba a cagarla? Hoy no, ma fèe. Sabía que Ruth me ponía retos. Entonces, ¿eso quiere decir que hoy te tengo para mí solita? Uno más… En-te-ri-ta. Sé que la sorprendí, aunque ella se empeñase en disimularlo. Su respiración se agitó y sus dedos golpeaban inquietos sobre su pierna. El silencio de Ruth fue la señal para escapar. Cuando una de las dos callaba, significaba que la otra había sobrepasado el límite.
Salté de mi asiento, lamentando jugar con ella de esa forma. Provocarle me hacía sentir tan viva, que hacerlo se estaba convirtiendo en una droga.
Las opciones para comer eran limitadas. Rebusqué por los armarios, pero no había gran cosa. Recordé que esa semana no había hecho la compra, ¡qué desastre! Al cerrar la puerta de la nevera, Ruth apareció de repente, dándome un susto de muerte. ¡Joder! Yo, con mi sobresalto, la asusté a ella. La ridícula situación provocó una oleada de carcajadas. Las risas se fueron calmando, arrastrando con ellas el malestar de mi desafortunada respuesta. No tengo gran cosa para ofrecerte. Abrí de nuevo la nevera para mostrarle las opciones. Eso es lo que tú te crees. Ruth me la devolvió con creces. Lasaña de verduras. Tuve que hacer como si no la hubiera escuchado. Casera. Ella aprovechó el matiz para meterse conmigo. ¿La has hecho tú? Ruth lo preguntó con sorpresa. ¡Claro, ma fèe! Quise parecer ofendida Ruth levantó las manos en señal de disculpas.
El vino fue el encargado de aderezar el momento. Sus palabras, sus miradas… Ruth era la compañía perfecta para mí. Me asusté del significado de aquella reflexión. Aprovechó para decirme que le encantaría vivir rodeada de viñedos en la Bourgogne, no muy lejos de su hogar. La imaginé cumpliendo ese sueño, y yo formando parte de él.
La lasaña está buenísima. No me pude resistir a adelantarme a su siguiente frase. Ya. Y ahora viene lo de “como todo lo hagas igual…” Su mueca delataba que me había equivocado. No, Sussan. Iba a decir que… Creo que esta vez la iba a soltar bien gorda. Me preparé para el impacto. …yo hubiera preferido comerte a ti. La respuesta fue más fuerte de lo que me esperaba, pero lo que de verdad me dejó muda, fue que yo empezaba a desearlo también. Touché.
La melodía de mi móvil sonó lejana; no me levanté. Sólo quería mirar a Ruth en silencio, sin interrupciones. Ella me sonrió agradecida. De nuevo se oyó la misma canción. Será mejor que lo cojas. Debe ser importante. Tenía razón, si insistían sería por algo. Entré en la habitación. La música cesó por segunda vez, mientras sostenía el teléfono en mi mano. ¡Marcos! ¡Me cago en…! Era la última persona que hubiera deseado que nos interrumpiera. No se dio por vencido, la pantalla se volvió a iluminar. No tuve más remedio que cogerlo.
Su saludo fue el habitual; yo diría que, incluso, más cariñoso de lo normal. ¿Cuándo has vuelto? Tuve que sentarme en el borde de la cama. Sí, estoy en casa, pero… no puedes venir. Intentaba mantener la calma ante la insistencia de Marcos por venir a verme. ¡Joder, Marcos! No estoy enfadada. Me arrepentí de inmediato de habérselo negado, podría haber sido la excusa perfecta. Es que estoy muy liada con un proyecto y… Él me interrumpió, utilizando el mismo criterio que nos hecho discutir días atrás. No empieces. La tensión crecía. Miré hacia la puerta y vi a Ruth con gesto preocupado. Mañana tampoco podremos vernos. Le hice creer a Marcos que sus disculpas no habían sido suficientes. Yo te llamaré. Adiós.
Ruth se acercó con mi copa de vino, y me la ofreció con una sonrisa indescriptible; el sentimiento de traición no llegó a cuajar. No estoy orgullosa de lo que acabo de hacer. Quise que supiera que mentirle a Marcos no era mi estilo. Yo no voy a juzgarte, Sussan. Dejé mi copa en el fregadero, y me dispuse a recoger los restos de la comida. Deja que te eche una mano. Su ofrecimiento, con doble sentido, me molestó. Ahora no estoy de humor para tus jueguecitos de palabras. El ruido de los platos al chocar revelaba mi cabreo. En vez de enfadarse, Ruth optó por acercarse más a mí. Mi mirada desafiante y mi desprecio dándole la espalda no la doblegó. Me rodeó con sus brazos, pegándose a mí. Sentí su protección. Sé que no es conmigo con quien estás enojada. Otra vez su comprensión. Deseaba girarme y besarla. Necesitaba meter mi lengua en su boca hasta que nos faltara el aire; apretar con mis manos esos pechos que sentía pegados a mi espalda; enredar mis piernas con las suyas y sentir su cuerpo rozándose con mi piel. La deseaba, la necesitaba… y no podía tenerla; ni decírselo, siquiera.
Todo esto se me empezaba a escapar de las manos, y temía perder el control en cualquier momento. Estaba a un paso de tirarme al vacío; lo presentía. Me giré para sostener su mirada. Sentí una punzada; fue el aviso. ¿Te encuentras mejor? Ruth seguía empeñada en entenderme. No puedo seguir con este juego, es demasiado peligroso. Para mi desconcierto, una sonrisa astuta se dibujó en sus labios. Al menos, no has dicho “no quiero”. No está todo perdido. Me retiré para no estar al alcance de sus manos, y, con desespero, me froté la cara. La sensación de estar luchando contra algo mucho más fuerte que yo, persistía. Ayúdame Ruth, por favor. Aceptó que mis labios pronunciaran su nombre, porque mis ojos le mostraron una súplica desesperada; ella me tranquilizó con una mirada comprensiva. Será mejor que me marche. Se apartó, dejando entre las dos un vacío más grande que la distancia real que nos separaba. No te estoy pidiendo que te vayas, Ruth. No era capaz de llamarla por el apelativo que tanto le gustaba. No quería que se fuera, pero tampoco podía darle lo que ella, lo que las dos, deseábamos. No estoy aquí para complicarte la vida, Sussan. El tono que utilizaba parecía sincero, pero… Entonces, ¿para qué? Mi pregunta sonaba desesperada. Sonrió antes de dejarme clavada con su respuesta. Eso ya lo averiguarás. Cogió su mochila. Todo a su tiempo.
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DULCE REBELDÍA (COMPLETA)
RomanceSussan es una mujer que cree tenerlo todo controlado en su vida, hasta que se encuentra con alguien que le desmonta todos sus esquemas y sus planes.