IV

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Miró al cielo, a las aves que pasaban volando sobre su cabeza, graznando. El cielo comenzaba a adquirir las primeras pinceladas naranjas del atardecer, pero Theo le había pedido esperarlo en el parque cerca de su casa. No sabía para qué lo necesitaba, Lev tampoco preguntó. Pero ahora el aburrimiento y el cansancio, pesado sobre sus hombros, le hacían replantearse la idea de si debería irse a casa o esperar un minuto más. Sentado sobre el columpio donde se encontraba, se meció ligeramente. El aire besó sus mejillas, era gélido y aspero, quizá más de lo que habría esperado.

Miró más allá de sus pies, a los niños que tomaban la mano de su madre para irse del lugar. Se preguntó si acaso alguna vez su madre lo habría llevado a un parque, si tal vez se sentaron sobre el césped a comer algo o jugar mientras él reía y su pobre madre lo observaba, presa de la locura en su mente. No podía recordar nada de su infancia, nada más allá antes de llegar a su nuevo hogar, ciertamente había estado perdiendo sus recuerdos más anhelados y se preguntaba si acaso debía ser algo por lo qué preocuparse, aun si así era, le importaba muy poco. Pero habían ocasiones donde recordar el rostro de su madre se tornaba algo complicado, casi imposible.

Se levantó del columpio y sacudió su ropa, un hábito que había agarrado desde no hacía mucho en realidad, pero que ya estaba demasiado familiarizado en hacerlo. Probablemente se tratara de otro estúpido tic de mierda, como todos los que había adquirido tras entrar a bachiller.

Escuchó sus propias pisadas sobre el suelo sin asfaltar. No sabía bien adónde se dirigía, pero tenía claro que no quería estar ahí. Se giró bruscamente, a la persona detrás de él. Lo había sentido desde que dejó aquel columpio, aquel halo extraño a sus espaldas.

–¿Por qué me estas siguiendo? –preguntó, o más bien, ordenaba una respuesta.

El chico parado ahora delante suyo sonrió, tenía la mirada sorprendida, pero aquel deje de asombro lo abandonó casi al instante.

–Debes ser Lev –la piel bajo aquel sueter se tornó crespa como la de un gato–. Me preguntaba si sabes dónde puedo encontrar a... a Dimas –escuchar su nombre pareció relajarlo un poco.

–No conozco a ningún Dimas –el chico lo miró sobre sus lentes de sol. Tenía el cabello largo, un poco más arriba de los hombros, llevaba un par de jeans rasgados y una chamarra de cuero. Se pasó la mano por la cabeza mientras ocultaba una sonrisa incrédula.

–Estoy seguro que no me equivoqué de persona, debes ser tú. Tan solo... necesito verlo –Lev se lo pensó. ¿Quien demonios era este tipo? Le preocupaba que su amigo estuviera metiendo sus narices en asuntos que se salieran de sus manos. Aun así, se limitó a sostenerle la mirada.

–Ahora debe estar en la escuela, la que está por la biblioteca –el chico no respondió, se limitó a voltearse y comenzó a caminar alejándose del lugar.

Lev corrió al refugio que le brindaba la pared detrás de aquella vieja tarima en un rincón del parque. Sus manos sudaban y su corazón tronaba en su pecho. Odiaba sentirse así, odiaba sentirse vulnerable y débil, su cuerpo no tenía porqué reafirmarle lo que él ya sabía. Pero desde que Jack había empezado a hostigarlo día tras día, sabía que algo dentro de su marginada cabeza se estaba pudriendo con más rapidez. Ahora siquiera era capaz de acercarse a alguien sin que su voz temblara y sus manos se llenaran de sudor. Estaba lleno de miedo.

Suspiró hondo y a paso apresurado metió ambas manos en los bolsillos y echó a correr en dirección a casa. Entonces sintió un golpe por el costado, se tambaleó y cayó de rodillas al suelo. Un líquido frío le recorrió las piernas.

–¡Lo siento! –exclamó una vocesilla. Lev se giró en su busqueda–, no era mi intención, señor.

La niña lo miraba con ojos acuosos, sosteniendo aun en sus manos el vaso vacío, pues toda el agua ahora estaba sobre sus pantalones.

VESANIADonde viven las historias. Descúbrelo ahora