IX

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Decir que estaba molesto con Dimas era poco. Sabía que sus razones y fundamentos tenía para no ver a la chica que lo cuidó durante prácticamente toda su vida, pero no podía dejar de sentir algo de culpa.

No había pasado ni una semana de la visita de Maia y Dimas parecía estar más cortante de lo habitual, llegaba a casa después de la escuela y volvía a salir para no aparecer en todo el día y llegar a la hora de la cena. Por otro lado Lev tenía que soportar su desinterés en todo y encima lidiar con el amigo que parecía olvidarse de él, sin mencionar que sus calificaciones iban bajando y nuevos moretones producto de los golpes de Jack iban apareciendo en su piel, al menos, ya no tanto como solía ser meses atrás pues ahora Damian se había convertido en un inesperado pero gran amigo. Solía pasar los recesos con él, de esa manera Jack no podría molestarlo y aunque admitía que hacer eso era una manera de sacar ventaja, a Damian parecía no importarle.

Estaba sentado sobre su cama obervando el nuevo moretón que había aparecido a un lado de sus costillas, incluso respirar le era doloroso. Tenía que admitir que su relación con Damian despues de todo no lo dejaba exento de todos los problemas, su nuevo amigo solía faltar a clases con demasiada regularidad, haciendo que su soledad se conviertiera en un blanco fácil para Jack y su compañía. Se levantó y miró la pantalla de su celular, la farmacia todavía estaría abierta si lograba apurarse. Definitivamente tenía que comprar algo para los golpes si no quería morir de dolor.

La noche era fría y el viento ponía su nariz rojiza pero prefería estar a la intemperie y disfrutar de una larga caminata aún si se moría de frío a quedarse en su habitación mirando el techo y preguntándose que demonios hizo mal. Cuando entró a la farmacia pudo ver a la misma mujer de hacía unos días, iba vestida de la misma manera, con una falda larga hasta los tobillos y un viejo suéter gris con manchas en él, llevaba el cabello suelto y enredado en mil nudos y un cubreboca viejo que cubría la mitad de su rostro. Por alguna extraña razón Lev se acercó sin darse cuenta y tocó su hombro, se sorprendió cuando la mujer levantó la mirada y lo miró directo a los ojos, era una mirada familiar, intimidante y vacía, algo en algún lugar de su mente le decía que no era la primera vez que miraba esos ojos.

–¿Mamá? –la mujer bajó la mirada y le dio un pequeño empujón con el hombro antes de salir del lugar.

Lev la siguió, se detuvo en la esquina cuando la vio entrar por una vieja puerta metálica con algunas partes oxidadas, la fachada del lugar lucía realmente deplorable, no debían ser ni cinco metros de frente, sin ventanas y cubierto de enredaderas marchitas. Quiso ir, asegurarse de que la persona que acababa de ver era realmente su madre, la madre de Dimas, la misma mujer que había hecho sus vida un desastre, pero no se atrevió, quizá muy en el fondo de su ser realmente no estaba listo para enfrentarlo, así que dio media vuelta y regresó a su casa, no sabía si sería adecuado contarselo a Dimas, quería hacerlo, pero temía de su reacción, contarselo a su padre sería peor, ya se imaginaba siendo preso de su libertad nuevamente, encerrado en su casa protegido del daño que pudiera causarle aquella mujer, si es que sus sospechas eran ciertas.

Se detuvo frente a la puerta de su casa. Recordaba la primera vez que llegó, la emoción que sintió por estar en aquel lugar, miró la fuente aún encendida a través de las rejas del portón, recordó también la segunda vez que llegó a aquella casa, despues del accidente de Dimas, había pasado alrededor de un mes en el hospital cuando vio a Wendy y George en la puerta de aquella blanca habitación, diciendoles que pronto irían a casa, que serían una bella familia tan común y ordinaria como cualquier otra, pero sabía que no era así, porque Dimas había sido herido, él probablemente nunca olvidaría aquel accidente y su madre aún estaba libre. Recordó haber llegado tiempo después, la misma casa frente a él pero sin la misma emoción de la primera vez. Dimas todavía con un brazo enyesado, usando muletas, lo único que quería era entrar y nunca más salir, no quería que su amigo volviera a sufrir, no quería recordar los malos momentos que había vivido o la cara de su madre. Ahora habían pasado cinco años, Dimas parecía haberlo superado, su padre y el resto de la familia igual, incluso aquella mujer que vivía ahí, recordandole constantemente la mirada de su madre, aquella sensación se había ido con el paso del tiempo, pero él no podía olvidarlo, todos los recuerdos estaban tan frescos en su mente como si hubieran ocurrido ayer, parecía el único estancado en el tiempo, preso de su mente.

En ocasiones, su único refugio eran los vestigios que había dejado su madre en su mente. Aquella mujer de la cual recordaba muy poco. Hubieron días donde soñaba con ella, donde imaginaba que seguía con vida y eran una familia feliz, alejados de todo este caos en el que se encontraba.

–¿Entrarás o te quedarás ahí parado hasta mañana?

–Livy –se había perdido tanto en su imaginación que ni siquiera había notado la presencia de la pequeña al otro lado de la puerta enrejada–, me quedé pensando –sonrió–, debo andar en la luna.

–Ya lo creo.

***

Eran las dos de la madrugada y el sueño parecía haberlo abandonado. Su mente estaba empeñada en recordarle todos aquellos momentos de su infancia y ya había olvidado cuantas veces se había creado la misma película en su mente.

Caminó hasta la habitación de Dimas y abrió la puerta lo más despacio que pudo, temía despertarlo pero para su sorpresa su amigo aún continuaba despierto y parecía demasiado concentrado leyendo el libro entre sus manos.

–¿Puedo dormir contigo?

–Estoy ocupado estudiando –Lev no dijo nada, cerró la puerta y se regresó a su habitación.

Le mandó un mensaje a Theo, esperando que aún estuviera despierto y así lo distrajera un rato de tantos recuerdos que parecían ahogarlo, pero su amigo no respondió, aun cuando esperó una respuesta por más de media hora. Tal vez salir a caminar era lo único que necesitaba, aún si era media madrugada y probablemente no habría nadie en las calles mas que vagabundos y perros.

Se aseguró de salir sin hacer ruido alguno y metió las llaves de la casa en los bolsillos de su pantalón. Caminó calle abajo, aún cuando su plan inicial era no ir muy lejos de su casa, ya se encontraba cerca del centro de la ciudad. Vio a un par de chicos fumar y platicar con botellas en las manos y decidió que ir por aquella calle tal vez no sería lo más adecuado, entonces alguien gritó su nombre y aunque no pudo reconocer la voz al instante cuando se dio la vuelta y vio a los amigos de Jack acercarse supo que en definitiva debía alejarse.

Comenzó a correr, podía escuchar las pisadas de los demás que lo seguían. Caminaba de prisa entre las calles intentando perder a los tipos que venían detrás de él que ni siquiera podía darse cuenta de donde estaba hasta que llegó a un callejón sin salida, se detuvo en seco y cayó de rodillas. Su pesada respiración le impedía concentrarse. Cuando pudo calmarse lo suficiente se puso de pie y miró sobre su hombro, estaba solo, nadie lo seguía ya. Se recostó sobre el pavimento y suspiró, cuando tuvo las fuerzas necesarias para ponerse en pie se dio cuenta del lugar donde estaba. La vieja puerta metalica a su lado y la farmacia a la vuelta debió alumbrarle el foco desde el principio pero estaba tan desesperado escapando de aquellos tipos que no le tomó importancia.

Se limpió el sudor de sus temblorosas manos y caminó hasta estar frente a la puerta del galerón. Empuñó su mano y antes de tocar se detuvo, lo pensó, por mucho tiempo, quizá más del que debería, pero terminó dando dos pequeños golpes sobre la puerta metálica. Después de un rato, volvió a tocar.

La puerta se abrió con un ruido arrastrado, las enredaderas se movieron sobre su cabeza y un rostro se asomó por la rendija, esta vez sin cubrebocas. La mujer lo miró con miedo, lucía delgada y desarrapada, hizo amagos de cerrar la puerta cuando Lev la detuvo con una mano, abrió la puerta por completo y solo así pudo verle bien el rostro, cuando iba a hablar la mujer le interrumpió.

–No creí que vendrías –confesó sin pestañear.

–Esperaba que no fueras tú –dijo Lev sosteniendole la mirada–. ¿Puedo... puedo pasar? –la mujer se lo pensó, pero se hizo a un lado dejando la entrada libre y Lev entró al lugar sin decir nada más.

El lugar eran cuatro simples paredes sin divisiones, había una cama en el fondo, un par de estantes, una nevera, una mesa con un par de sillas y una pequeña puerta a su derecha que suponía debía ser el baño, las paredes estaban mohosas y del techo colgaban telarañas, la alfombra que había bajo sus pies era linda pero estaba demasiado vieja que había perdido su color y tenía manchas oscuras, habían algunas plantas muertas en un macetero colgado de la pared, probablemente las pobres habían muerto por la falta de sol, el lugar estaba demasiado oscuro y Lev notó que no había ni una sola ventana más que una ventanilla en la parte trasera que suponía servia como ventilación del lugar.

–¿Quieres algo de tomar? –Lev negó con un movimiento de cabeza.

–¿Te parece bien si hablamos un momento? –la mujer asintió.

VESANIADonde viven las historias. Descúbrelo ahora