V

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Lev abrió la puerta y caminó hasta el patio donde se encontraba la pequeña jugando con aquel gordo conejo blanco. Se sentó cerca de la fuente y la miró disimuladamente hasta que la pequeña notó su presencia y salió corriendo en dirección a él.

–Tengo grandes noticias –dijo la niña.

–Soy todo oídos.

–Puesss... resulta que tengo novia –sonrió.

–¿Tú? ¿novia? debes estar bromeando. No te creo para nada.

–Pues no me creas.

–Si tienes novia significa que no eres más una niña, así que no veo razón para seguir llamandote Livy, Olivia –la niña le dio un pequeño golpe con el puño y sacó la lengua.

–Llámame como quieras, no me molesta.

–Me alegra que tengas novia, nunca andes con un chico, apestan, en todos los sentidos.

–¡Iugh! No. Los chicos me caen mal, menos tú y Dimas. Ya sabes, si alguna vez necesitas consejos amorosos puedes recurrir a mí.

–Serás la primera persona a la que acuda.

En el segundo piso de la casa, Dimas comenzaba a despertar. No recordaba como había llegado a su habitación y aquello comenzaba a volverse una sensación familiar. Se levantó de la cama y caminó hasta la ventana, vio a Lev y Livy en la fuente, ambos parecían profundamente cautivados por la conversación que mantenían, miró las expresiones de Lev y los ademanes que hacía mientras hablaba, ¿por qué de repente le resultaba tan lindo? sonrió al verlo tan despreocupado con esa linda sonrisa que tenía. Era increíble como podía sentirse tan tranquilo cuando estaba cerca de él, como si todo lo malo desapareciera y solo fueran ellos dos sobre el planeta.

Extrañaba aquella sensación que su mirada le provocaba años atrás, cuando eran pequeños y el mundo estaba en su contra. Pero había comprendido ya que el caos no era amor y que el amor no debería sentirse fatal y explosivo. Arrancar esa idea de su cabeza era algo que costó más de lo que hubiese querido. Porque Dimas no conocía nada más allá de la destrucción y el odio, de los gritos, los golpes y la mente retorcida de una madre negligente. Nadie nunca sabría el odio y la destrucción que había costado volverse así de apacible.

¿Cómo podría amar a Lev si nunca antes había sido amado?

Vio a Lev mirar en su dirección y su corazón se detuvo un breve segundo, la sonrisa en su rostro desapareció, en cambio, en los labios de Lev una pequeña y nueva sonrisa comenzaba a formarse, lo saludó levantando la mano pero Dimas evadió su saludo, lo miraba reacio, negándose a devolverle la sonrisa. Cerró la cortina de golpe y dio un paso atras alejándose de la ventana, parpadeó un par de veces ahora mirando las blancas telas frente a él y dio media vuelta para sentarse al borde de la cama. Intentó recordar en vano como había llegado a su habitación, miró sus brazos llenos de rasguños y se preguntó si serían resultado de una pelea contra su propia mente. Buscó su celular a tientas y marcó a alguien en específico, al tercer timbrazo Sam respondió.

Cuando hubo terminado la llamada se levantó y se miró frente al espejo a un lado de la cama. Se quitó la playera para ponerse algo mejor y miró las magulladuras en su nívea piel, no sabía como había terminado con eso encima pero parecían ser recientes, raspones pequeños que ardían al tacto, rojos y con delgadas costras que escocían. Una vez que terminó de mirarse se colocó una sudadera y salió de su habitación. Sam lo esperaba y más valía que llegara a tiempo, así que ahora estaba en camino –con menos ánimos del que esperó– a donde Sam lo había citado, un lugar que no debía quedar muy lejos de su casa. Bajando las escaleras escuchó la risa de Lev y Olivia esta vez en la sala de la casa, los miró de reojo, ambos jugaban ajedrez, ajenos a su presencia.

VESANIADonde viven las historias. Descúbrelo ahora