Samantha Torres, una talentosa neurocirujana, regresa al Hospital Grey Sloan después de una ausencia de dos años. Su regreso coincide con el reencuentro con Jackson Avery, el hombre que la abandonó días antes de su boda.
La tensión entre ellos es pa...
—¡Callie, ya basta! —dije, agotada de los consejos abrumadores de mi hermana mayor.
—Entiéndelo, Samantha. No puedes abandonar tu vida por alguien que te dejó en su pasado.
—No lo hago por él, Calliope. Lo hago por mí… por la parte de mí que se llevó. Necesito recuperar quién era. Ya tengo suficiente con los reproches de Alex e Izzie.
—Cuando te vayas, te darás cuenta de que estás cometiendo un gran error. Te estás alejando de tu familia, de todo lo que tienes… por un hombre.
—No es tan diferente a lo que hiciste cuando te casaste con George —dije con una risa irónica, sabiendo lo mucho que le dolería.
Fin del flashback
Me encontraba en el estacionamiento, y desde lejos vi a Cristina bajando de su moto, haciéndome señas para que me acercara.
—Siento que el tiempo no ha pasado —dijo, acomodándose el cabello despeinado.
—Puede que ya no seamos residentes, pero una parte de nosotras sigue siendo la misma —respondí con una sonrisa sincera.
De repente, una mujer con un tono fuerte comenzó a hablar en italiano.
—Non puoi farmi questo, Andrea. Mi hai promesso di aiutarmi a parlare con il primario di chirurgia.
("No puedes hacerme esto, Andrea. Me prometiste ayudarme a hablar con la jefa de cirugía.")
—Ese acento es demasiado sexy —murmuré, cautivada por aquella italiana.
—Su nombre es Carina DeLuca. Es la hermana de un residente. Creo que es obstetra… la he visto al menos una vez en el hospital, pero, claro, nada se compara con ser cirujano.
—Pues a esa Carina necesito conocerla.
—Tienes una sonrisa maligna, Torres. Ya sé por qué lo estás diciendo —Yang soltó su risa icónica, esa que por supuesto no pasó desapercibida.
La italiana se dio la vuelta y nos vio junto a la moto de Cristina. Su mirada fue suficiente para hacerme saber que había entendido todo, aunque no dijo nada y siguió su camino hacia el hospital.
—Es hora de entrar. Deja de comerte con la mirada a la obstetra.
—No es mi culpa que sus padres la hayan hecho con tanto amor —dije, con falsa inocencia.
Entramos al hospital entre carcajadas de Cristina, que aún no superaba que probablemente Carina nos había escuchado. Nos despedimos y, justo entonces, vi a Karev a punto de entrar al ascensor.