02

22 7 0
                                        

[Fiesta sorpresa]

Mi día no podía ir peor.

Primero, hay un montón de gente en mi casa la cual yo no invité, borrachos y algunos hasta podría decir que drogados. Desordenando y ensuciando toda mi casa, tomando todas mis cosas como si fueran suyas.

Segundo, mi padre, el responsable de la mayoría de mis desgracias, está delante mío con una caja entre sus manos. Lucía una sonrisa forzada, haciéndome saber con ese simple gesto que venía obligado aquí.

Tercero, la chica que conocí en aquella fiesta estaba detrás de mi padre con el chico del callejón, los dos lanzándose sonrisitas sin algún contexto, solo porque sí. Porque estoy seguro que esta situación de graciosa no tiene nada.

Abrí y cerré mi boca en busca de algunas palabras, pero nada salió de mí. Estaba inmóvil con la mano aún en el picaporte de la puerta, mi mirada pasaba de mi padre a Nyx, de Nyx a mi padre. Mi corazón empezó a latir con fuerza, sin saber cómo reaccionar a lo que mis ojos veían.

—Hijo— murmuró Stefano mirándome fijamente.

—Padre.

Una fuerte tensión se formó en el ambiente, dejando claramente que ninguno de los dos estaba cómodo en nuestros respectivos lugares. No podía dejar de verlo, en este último año en que no lo había visto había cambiado un poco su apariencia.

Su cabello rubio poseía algunas canas, al igual que su corta barba. La nariz respingada y las largas pestañas que heredé de él. Iba vestido de un pantalón abrigado negro y un jersey azul oscuro.

La gente suele decirnos que nos parecemos mucho, más que nada por el color de pelo y algunos rasgos en común. Lo único que tengo diferente de él es el color de ojos, los suyos son de un negro profundo y los mío son verde oliva, los cuales heredé de mi madre.

Tragué saliva con fuerza, incómodo y nervioso por verlo de vuelta después de tanto tiempo.

—Ehh ¿Hola? No queremos interrumpir, pero nos invitaron y queríamos pasar—. La dulce voz de Nyx hizo que saliera de mi trance, pasé mi mirada por ella y después por el grandulón.

Este chico no lo conocía, pero no me cae para nada bien, tiene algo raro.

Carraspeé abriendo mucho más la puerta para que pudieran pasar, mi padre se movió a un costado para permitirles la entrada. La pelinegra pasó junto al grandulón no sin antes regalarme una pequeña sonrisa, intenté devolvérsela, pero salió más como una mueca que una sonrisa.

Con los hombros tensos seguí en completo silencio junto a mi padre en la entrada de mi casa, él nunca había venido a verla, supongo que es porque cree que debe ser un completo desastre.

Bueno, un poco es, sólo mi habitación. Porque en ella es donde paso la mayoría de mi tiempo cuando no tengo que trabajar o juntarme con Pierce.
Las otras partes de mi pequeña casa las mantengo bastantes limpias y ordenas, aunque debe haber uno que otro calcetín tirado por ahí.

—¿A qué viniste?—rompo el incómodo silencio, lo miro esperando su respuesta.

—Quería... traerte esto. Es de parte de tu hermana, por tu cumpleaños.

Extendió la caja que tenía entre las manos hacia a mí, la miré con desgano sin saber que decir.

 Había olvidado por completo que dentro de unas horas sería mi cumpleaños.

¡¿Cómo vas a olvidarte de tu cumpleaños, estúpido?!

—No quiero regalos de nadie, menos que venga de parte de ustedes—. Puede que haya sido un poco frío al hablar, pero de buen humor no estaba. También él se lo merecía, hasta que no me pida disculpas no pienso hablarle bien.

La soledad del inviernoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora