El oro y la bala

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Caída tras caída, así había comenzado mi tarde. No podía concentrarme, y lo único que me salía bien en ese momento era caer tras intentar cualquier salto. Mi trasero ya estaba harto, adolorido y frío por caerme tantas veces en el gélido y duro hielo.

Algo no estaba bien conmigo, y todo era porque tenía varios sospechosos en mente. Ya habían pasado cinco días desde que la pista de Actino se obtuvo, y desde aquellos días, mi mente no dejaba de rondar en los rumbos de ese tema, haciendo que me resultara enredoso prestar total atención a lo que estaba llevando a cabo.

Era como si mi yo físico estuviese en el presente, pero mi mente estuviera en otra dimensión, pensando en muchas otras posibilidades, y eso me complicaba llevar a cabo muchas otras actividades, no únicamente el patinar, lo cual me era bastante incómodo.

—Fahra—Sophie se acercó a mí y me detuvo—, ve a descansar un rato.

No reproché ni una sola palabra en contra de la recomendación y la orden de mi efímera entrenadora de patinaje, sólo me levanté y me dirigí a las bancas. Estaba cansada, mi consciente luchaba una batalla contra mis párpados con el propósito de que éstos no se cerraran, pero aparentemente, mis párpados tenían mejores armas y estrategias que mi consciencia, además el agotamiento físico no me brindaría ayuda a el lado de mi consciente. Así que me recosté sobre la banca y cerré mis ojos.

—Pareces exhausta—pronunció una voz junto a mi oreja.

No tuve que abrir los ojos para saber quién era, era obvio. Sus pisadas proporcionaban muchos datos sobre él: su peso aproximado, una altura aproximada, su género y su identidad.

—¿Practicas natación en tu tiempo libre, Maverick?

—Sí, ¿qué te hizo saberlo?—preguntó Maverick mientras tomaba mi cabeza para colocarla sobre su pierna.

—Tienes una espalda muy característica de los nadadores, tienes pies grandes con punta de flecha, y tus brazos son bastante musculosos, al igual que tus piernas, pero no hay indicios de que levantes pesas, tal vez practiques bicicleta por las mañanas, pero no creo que levantes pesas.

—¿Debería preocuparme por el hecho de que me has estado observando?—preguntó serio.

—No, tú también deberías hacerlo, uno tiene que conocer a sus enemigos—reí.

—¿Por qué me tendrías que considerar un enemigo y viceversa?

—Porque te podría quitar tu puesto fácilmente, he pensado en dejar la música para ser consultora o algo por el estilo, sería bastante entretenido. Además de que no confío en ti todavía, al menos no en su totalidad.

—¿Por qué te interesa mi puesto?

—Porque parece ser peculiar, como tú, no parece que consista en ser un simple agente que trabaja para el gobierno, es algo más, ¿me equivoco?

—No. Ahora, no tendrás que preguntar nada más porque no contestaré más. ¿Qué es lo que pasa? Últimamente he notado que estás muy distraída.

—Nada importante.

Me levanté y me dirigí de nuevo a la pista. No quería que Maverick pensara que estaba delirando o algo por el estilo, porque realmente no tenía ninguna prueba para inculpar a las personas que tenía como sospechosas.

Volví a practicar una vez más la coreografía, y una vez más me encontraba en el suelo. Sentí como dos brazos me levantaban del frígido hielo y me llevaban hasta las bancas. No hacía falta preguntarme quién era, su olor lo traicionaba.

Una vez que nos encontramos frente a las bancas, Maverick me depositó en una de ellas.

—¿Qué es lo que te molesta?—preguntó con una cara seria.

Las Notas del CrimenDonde viven las historias. Descúbrelo ahora