002

380 45 1
                                        

                                   

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

                                    .♡.

Narra Mauro:

Otro día más en este edificio de paredes descascaradas.

Me desperté con un dolor de cabeza punzante, de esos que te hacen odiar cada rayo de luz que entra por la ventana. Para colmo, tuvimos dos horas seguidas de matemática, lo que terminó de drenar la poca paciencia que me quedaba.

En el recreo, me senté solo en un rincón del patio. No quería hablar con nadie, solo miraba el vacío, esperando que el tiempo pasara más rápido. "Qué día tan gris y aburrido", pensé, cerrando los ojos por un segundo para calmar las pulsaciones en mis sienes.

La campana sonó como un disparo. Suspiré, me colgué la mochila y caminé arrastrando los pies hacia el salón.

Apenas puse un pie adentro, la profesora de Historia entró pisándome los talones. Es la segunda materia que más odio, y su sonrisa no presagiaba nada bueno.

Dejó los libros sobre el escritorio con un golpe seco que me hizo vibrar el cráneo.

—Buenos días, chicos. Hoy es un lindo día para una prueba sorpresa, ¿no creen? —dijo, con un entusiasmo que me resultó casi insultante.

El salón estalló en quejas y murmullos de pánico. Yo me quedé helado. ¿Prueba sorpresa? No había abierto el libro en toda la semana.

—Más que prueba escrita, será un examen oral —continuó ella, ignorando nuestras caras de tragedia—. Quiero saber qué procesaron del libro que estamos leyendo. Vamos a ir por orden de lista.

"Bueno, al menos estoy a mitad de la lista", me consolé. "Puedo intentar leer algo ahora". Pero la realidad me golpeó rápido: ni siquiera había traído el libro. Estaba totalmente desarmado.

Intenté leer los apuntes de un compañero de reojo, pero mi cerebro, nublado por el dolor de cabeza, no lograba procesar ni una oración. Estaba acabado. El uno ya tenía mi nombre escrito.

—¿Mauro Monzón? —la voz de la profesora cortó mis pensamientos—. Te toca. Acercate al escritorio, por favor.

Sentí un frío recorrer mi espalda. Me levanté lentamente, sintiendo todas las miradas clavadas en mí.

Caminé hacia el frente como quien va al patíbulo, tratando de ganar segundos, rogando internamente por un milagro, un terremoto o una alarma de incendio. Cualquier cosa.

En medio de mi desesperación, mis ojos buscaron un refugio y se encontraron con los de Tiago.

Lo miré fijo, y estoy seguro de que mi cara era un poema de puro terror y súplica. "Ayudame", le rogué en silencio, sin mover los labios. Tiago me sostuvo la mirada un segundo, analizando mi pánico. De repente, como si un resorte lo impulsara, se levantó de golpe.

—Profe, ¿puedo pasar yo primero? —soltó Tiago.

Me quedé quieto a mitad del camino. Era la primera vez que escuchaba su voz. Tenía un tono tranquilo, pero firme, algo que nunca me hubiera imaginado.

—Es que estoy muy nervioso y siento que se me va a olvidar todo si no lo digo ya mismo —agregó, manteniendo la vista fija en la profesora, actuando una ansiedad que claramente no sentía.

La profesora suspiró, acomodándose los anteojos.

—Está bien, Pacheco. Pase usted primero.

Tiago caminó hacia el escritorio con paso seguro. Al pasar por mi lado, su mano se movió con una rapidez increíble, casi imperceptible para los demás.

Dejó caer un papel pequeño y doblado sobre mi banco.

Bajé la vista disimuladamente. Era un resumen perfecto, con letra clara y los puntos clave del libro.

Lo busqué con la mirada una vez más mientras él ya se acomodaba frente a la profesora. Antes de empezar a hablar, me dedicó una sonrisa mínima, casi invisible, pero cargada de complicidad. Luego, empezó su exposición con una seguridad envidiable.

Me senté despacio, apretando el papel entre mis dedos. El dolor de cabeza parecía haber cedido un poco.

Quizás, después de todo, el lunes no iba a ser un desastre total.

   Mirada: FINALIZADADonde viven las historias. Descúbrelo ahora