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Decir que ver a Tiago de vuelta no me había alegrado el día sería la mentira más grande del año. El aire en el salón se sentía distinto, menos viciado, solo porque él estaba ahí.
—¿Salimos al patio? —preguntó Thomi en cuanto sonó la campana del recreo.
—Nah, me quedo acá. Ni vale la pena por diez minutos —respondí sin despegar la vista del celular, aunque en realidad solo estaba haciendo tiempo.
—Bueno, amargo, nos vemos en un toque —se despidió Thomi. Levanté la mirada solo para verlo desaparecer por el pasillo.
El salón quedó en un silencio relativo. Me quedé en lo mío hasta que escuché el chirrido de la puerta abriéndose. No me molesté en mirar; seguramente era alguien que se había olvidado una campera o un cuaderno. Me acomodé en el banco, apoyé la cabeza sobre el brazo cruzado y cerré los ojos, disfrutando de la soledad.
—Hey... —una voz suave, casi un susurro, pronunció mi nombre.
Mi corazón dio un vuelco. Esa voz... la reconocería en cualquier lado aunque solo la hubiera escuchado una vez.
Retiré el brazo de mi cara y abrí los ojos. Me encontré de frente con la mirada de Tiago, que estaba inclinado sobre mí, invadiendo mi espacio personal de una forma que me dejó sin aliento.
Los nervios me traicionaron y me incorporé de golpe, sin calcular la distancia.
¡CLACK!
Nuestras frentes chocaron con un golpe seco.
—¡Auch! —exclamamos al mismo tiempo, llevándonos las manos a la cabeza por el impacto.
El dolor fue agudo, pero se disipó rápido cuando nuestras miradas se volvieron a cruzar. A pesar del golpe, no pude evitar sonreír, y él me devolvió el gesto.
Nos quedamos así, suspendidos en el tiempo, apreciando por primera vez el rostro del otro sin la barrera de la distancia o de los compañeros de por medio.
Pude ver cada detalle: la calidez de su piel morena, la profundidad de sus ojos oscuros y, finalmente, mis ojos bajaron hacia sus labios. Eran gruesos, invitantes. Sentí un magnetismo eléctrico que me empujaba hacia adelante. Noté que él también bajó la vista, atrapado en el mismo recorrido, observando mi boca con una intensidad que me hizo temblar.
Sin darme cuenta, empecé a acortar la distancia. Nuestras respiraciones se mezclaron, cálidas y erráticas. Estábamos a tan solo unos centímetros de romper el silencio de semanas con algo mucho más profundo...
¡RIIIIIIIIIIIINNG!
El timbre del final del recreo estalló sobre nuestras cabezas como una bomba. Nos separamos bruscamente, como si nos hubieran atrapado cometiendo un crimen. El salón empezó a llenarse de gritos, risas y el sonido de las sillas arrastrándose.
La burbuja se había roto.
Tiago se quedó parado un segundo más frente a mi banco mientras todos entraban. Antes de darse vuelta para ir a su lugar, nuestras miradas se conectaron una última vez. Me sonrió de esa forma que me desarma y, con una confianza que me dejó mudo, me guiñó un ojo.
Se fue a su asiento, dejándome ahí, con el corazón galopando contra mis costillas y las mejillas ardiendo.
Me tapé la cara con las manos, ocultando una sonrisa estúpida.
No me puede gustar tanto. Definitivamente, estoy perdido.