final

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Las últimas horas de clase fueron una tortura.

El reloj de la pared parecía moverse en cámara lenta, y cada vez que el profesor hacía una pregunta, yo sentía que el corazón se me iba a salir por la boca. Al lado mío, Tiago tampoco estaba muy tranquilo; no paraba de mover la pierna rítmicamente bajo el banco.

Cuando por fin sonó la campana de salida, el salón se convirtió en un caos de mochilas y gritos. Nosotros nos movimos con cautela.

No salimos juntos; el acuerdo tácito era encontrarnos allá.

Caminé hacia la parte trasera del colegio, donde el ruido de los demás alumnos se iba perdiendo. Al llegar al patio cerca de los baños, el aire estaba más fresco. Y ahí estaba él, apoyado contra la pared de ladrillos, esperándome.

Me acerqué despacio.

El silencio entre nosotros, que siempre había sido cómodo, ahora se sentía cargado de una electricidad nueva. Me paré frente a él, y por primera vez en semanas, ninguno de los dos sonrió de inmediato. Estábamos demasiado nerviosos.

Tiago tomó aire, infló el pecho y me miró directo a los ojos.

Vi cómo tragaba saliva.

—Mauro... —dijo finalmente.

Mi nombre. Escuchar mi nombre saliendo de sus labios, dirigido solo a mí, me causó un escalofrío que me recorrió toda la columna. Su voz era un poco más ronca de lo que recordaba, profunda y cálida.

—Tengo una semana de palabras acumuladas en la garganta —continuó, dando un paso hacia adelante, acortando esa distancia que tanto nos había costado eliminar—. Y aunque me encanta que nos entendamos sin decir nada... necesito que sepas que me volvés loco.

Me quedé mudo. No porque no tuviera nada que decir, sino porque mi cerebro estaba tratando de procesar la confesión. La sinceridad en su mirada era abrumadora.

—Yo... —empecé a decir, y mi propia voz me sonó extraña, casi nueva—. Yo pensaba que era el único que sentía que nos hablábamos con los ojos.

Tiago soltó una risa corta, una risa de puro alivio, y se acercó todavía más. Ahora podía sentir el calor que desprendía su cuerpo.

—Es imposible no hablarte, Mauro. Sos lo único que busco apenas entro al salón.

Sin previo aviso, Tiago estiró la mano y me acarició la mejilla con el pulgar. El contacto de su piel morena contra la mía, tan blanca, era el contraste que siempre habíamos visto de lejos, pero que ahora por fin se tocaba.

—Entonces —susurré, sintiendo que la respiración se me cortaba—, ¿se terminó el silencio?

—No del todo —respondió él con una sonrisa pícara, bajando la vista a mis labios—. Hay cosas que se siguen diciendo mejor sin hablar.

Y entonces, ocurrió algo curioso. Después de ese saludo, el silencio volvió a instalarnos. Pero no era un silencio incómodo de dos personas que no saben qué decir; era nuestro silencio de siempre.

Nos quedamos así, simplemente apreciando la belleza del otro, dejando que el tiempo corriera alrededor nuestro sin que nos importara.

No hacíamos falta las explicaciones ni los discursos largos. En ese cruce de miradas, estábamos repasando cada momento en el salón, cada ayuda secreta, cada vez que nos salvamos el uno al otro sin decir nada.

Entendimos, en ese preciso instante, que aunque ahora podíamos hablar, nuestra mirada seguía siendo nuestro lenguaje más perfecto.

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Un final más abierto querían?

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Un final más abierto querían?

HASTA AQUI LLEGAMOS!:)

espero que les haya gustado esta corta historia.

Sale epílogo?

   Mirada: FINALIZADADonde viven las historias. Descúbrelo ahora