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Desde aquel día en que me animé a cambiarme de banco, se volvió nuestra nueva rutina. Ya no tenía que buscar su mirada a través de todo el salón; ahora lo tenía ahí, a unos pocos centímetros, compartiendo el mismo espacio y el mismo aire.

Me quedé observándolo de reojo mientras llegaba.

Tiago se sentó con su parsimonia habitual y dejó su mochila en el suelo. Le sonreí, esperando nuestro saludo silencioso de siempre, pero noté que estaba algo inquieto. Sus manos se movían nerviosas hasta que buscó algo en el bolsillo de su campera.

Sin decir una palabra, y casi sin mirarme, deslizó un pequeño papel doblado sobre mi carpeta.

Lo miré confundido. Él clavó la vista en el pizarrón como si de repente la gramática fuera lo más interesante del mundo, pero pude notar el ligero temblor en sus dedos. Con el corazón latiéndome con fuerza, desdoblé la nota.

"¿Nos vemos en el patio al lado de los baños después de clases? Necesito decirte algo".

Me quedé helado por un segundo. "Necesito decirte algo".

¿Eso significaba que finalmente íbamos a romper el pacto de silencio? ¿Tiago quería hablarme... con palabras de verdad? Un torbellino de nervios y emoción me revolvió el estómago.
Saqué mi lapicera y, tratando de que no se notara cuánto me temblaba la mano, escribí mi respuesta justo debajo de la suya.

Le devolví el papel deslizándolo con cuidado por la madera del banco.

Vi cómo lo abría. En cuanto leyó mis palabras, una sonrisa enorme y genuina se dibujó en su rostro.

"Claro, nos vemos más tarde, Ti".

Me giré rápidamente hacia el otro lado, sintiendo cómo el calor me subía por las mejillas hasta las orejas. El apodo salió sin pensar, pero se sentía correcto. Ahora, lo único que quedaba era sobrevivir al resto de las horas de clase sin morirme de la ansiedad.

El silencio estaba a punto de terminarse, y yo no podía esperar a escuchar lo que tenía para decirme.

   Mirada: FINALIZADADonde viven las historias. Descúbrelo ahora