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El sonido de la alarma era un taladro rítmico que perforaba mis oídos. El lunes había llegado con su pesadez habitual, recordándome que la libertad del fin de semana era solo un recuerdo lejano.
—¡TIAGO, LEVANTATE! ¡TU ALARMA ESTÁ SONANDO HACE VEINTE MINUTOS! —El grito de mi mamá retumbó desde la cocina, atravesando la pared de mi habitación como un rayo.
—¡YA VOY! —respondí con el último aliento de sueño que me quedaba. Escuché su suspiro de resignación desde el otro lado.
Me arrastré fuera de las sábanas. Mis pies tocaron el suelo frío y caminé como un zombi hacia el baño. El agua helada en la cara me devolvió un poco la conciencia, pero no las ganas de existir.
—¡APURATE QUE YA ES TARDÍSIMO! —otro grito. Algún día se va a quedar sin voz, pensé mientras me ponía lo primero que encontré: un buzo holgado y mis jeans de siempre. Bajé las escaleras a los tropezones, colgándome la mochila en un hombro.
—Ya estoy, no sé por qué tanto drama —dije, dejándome caer en el sillón un segundo más.
—¿Cómo que por qué? Son casi las ocho, Tiago. ¡Movete! —Ella ya estaba en la puerta, agitando las llaves con impaciencia.
Solté un suspiro largo, resignado, y la seguí hasta el auto. El cielo estaba gris, como si el clima estuviera de acuerdo conmigo. "Va a ser un día eterno", me dije a mí mismo mientras apoyaba la frente contra el vidrio frío de la ventanilla.
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Llegué a la escuela con el tiempo justo, esquivando gente en los pasillos hasta llegar al salón.
Entré intentando pasar desapercibido, buscando con la mirada mi refugio de siempre: el último banco, el rincón del fondo donde nadie me molestaba.
Pero algo estaba mal.
A medida que me acercaba, noté que el banco no estaba vacío. Había alguien sentado en el lugar que yo había ocupado religiosamente durante los últimos dos años. Me detuve en seco. Mis pies no sabían si seguir avanzando o retroceder. No quería sentarme en otro lado; ese rincón era mi zona de confort.
Cerca de los bancos vecinos, un grupo de compañeros charlaba ruidosamente, pero mi atención se centró en él.
Mauro Monzón.
Era difícil no mirarlo. Su piel era tan pálida que parecía brillar bajo los fluorescentes del aula, y su pelo, blanco como la nieve, resaltaba entre la multitud de cabezas oscuras.
Éramos compañeros, sí, pero el contacto entre nosotros siempre había sido nulo. Ni un "hola", ni un "permiso". Éramos dos extraños compartiendo el mismo aire.
En ese momento, Mauro levantó la vista. Sus ojos verdes, intensos y magnéticos, chocaron directamente con los míos. Me quedé congelado.
Sentí un calor extraño subirme por el cuello.
Quise decir algo, o tal vez hacerle una seña con la mano para reclamar mi lugar, pero las palabras se me quedaron trabadas en la garganta.
No hizo falta hablar. Me quedé ahí parado, sosteniéndole la mirada, quizás dejando traslucir en mis ojos toda la frustración y la timidez del lunes. Mauro no se inmutó, pero algo en su expresión cambió; sus pupilas parecieron analizarme en un segundo.
Hubo una comunicación silenciosa, un acuerdo invisible que se selló en ese cruce de miradas. Él supo exactamente qué estaba pensando yo, y por primera vez, el silencio no fue incómodo, sino revelador.
pense en hacerle alguna seña de si me podian devolver el lugar o algo, pero creo que mi rostro ya reflejaba mucho que lo quería
De la nada mira a sus compañeros, puedo ver que les decía algo y los chicos se levantaron sentándose unos mesas más adelanté.
Tiago busco la mirada de Mauro, sonrió como gesto de agradecimiento y me devuelve la sonrisa.
Se sento en su lugar de siempre y siguieron su día normal.
Pero esos ojos verdes no salieron de su cabeza en todo el día.