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El aire me quemaba en los pulmones. Mis piernas se sentían pesadas, pero no podía parar de correr. A mi lado, Thomi estaba igual de destruido que yo.

—¡Cómo no me despertaste, hijo de...! —protesté entre jadeos, tratando de no tropezar con mis propios pies.

—¡Corré ahora y puteame después! —me cortó él, con la cara roja por el esfuerzo y el sudor bajándole por la frente.

Doblamos la esquina y, finalmente, vimos el edificio de la escuela. Pero la victoria nos duró poco. A medida que nos acercábamos, frenamos en seco, ocultándonos detrás de un árbol grueso.

—No, boludo... mirá quién está ahí —susurró Thomi, señalando con la cabeza hacia la entrada.

La directora estaba plantada en la puerta como una estatua, con los brazos cruzados y esa mirada de "no se me escapa nadie". Entrar significaba un acta directa y el sermón del siglo.

Estábamos atrapados.

Me asomé apenas un poco, con el corazón todavía latiéndome en la garganta, y entonces lo vi.

Tiago estaba ahí, a unos metros de la entrada, aparentemente charlando con la directora. Parecía tranquilo, como si el tiempo no corriera para él.

De repente, mientras ella le hablaba, Tiago giró la cabeza.

Sus ojos viajaron por la vereda hasta dar conmigo. Me quedé congelado, sosteniéndole la mirada desde mi escondite. Mis ojos debían ser un grito desesperado de ayuda: "Hacé algo, sacala de ahí".

Nos miramos por lo que parecieron horas, aunque solo fueron segundos. Tiago no hizo ningún gesto exagerado, pero sus ojos brillaron con entendimiento. Nuevamente, me había leído el pensamiento.

Con una naturalidad envidiable, Tiago se acercó a la directora y le puso una mano suave en el hombro, guiándola sutilmente hacia el interior del edificio.

—¿Por qué no entramos, Dire? Está refrescando acá afuera y el pasillo está más lindo —escuché que decía con su voz pausada mientras desaparecían tras las puertas de vidrio.

—Tenés razón, Pacheco, vamos —respondió la mujer, dejándose convencer.

—¡Ahora! —le susurré a Thomi.

Salimos disparados, cruzamos el umbral como sombras y subimos las escaleras hacia el salón sin que nadie nos viera. Una vez sentados, todavía tratando de normalizar mi respiración, la puerta se abrió de nuevo.

Era Tiago.

Entró con esa calma que lo caracteriza. Lo busqué con la mirada inmediatamente. Cuando nuestras miradas chocaron, no pude evitarlo: le dediqué una sonrisa llena de gratitud, una que nació de verdad, sin timidez.

Tiago me sostuvo la mirada un momento y, por primera vez, me devolvió la sonrisa de forma clara antes de caminar hacia su banco.

Sentí un cosquilleo extraño en el pecho. Qué linda sonrisa tiene, pensé, y por un momento me olvidé de lo que era llegar tarde.

   Mirada: FINALIZADADonde viven las historias. Descúbrelo ahora