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Estar enfermo es una de las peores experiencias del mundo, pero que te pase justo cuando finalmente habías juntado el coraje para hablarle a alguien, es una broma de mal gusto del destino.
Pasé una semana entera sintiendo que me moría por una intoxicación que no le deseo ni a mi peor enemigo. Entre la fiebre y el malestar, solo podía pensar en una cosa: Mauro.
En sus ojos verdes y en el hecho de que, por mi culpa, el hilo de nuestras miradas se había cortado durante siete días eternos.
Pero finalmente, el lunes llegó. Me sentía un poco débil, pero nada iba a impedir que volviera al colegio.
Estaba a una cuadra de la entrada cuando el corazón me dio un vuelco. Lo vi a lo lejos. Era imposible no reconocerlo: llevaba una campera roja vibrante que hacía que su pelo blanco resaltara todavía más bajo la luz de la mañana. Tenía las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones negros y los auriculares puestos, caminando con ese aire tranquilo y solitario que siempre tiene
No pude evitar sonreír. Era temprano, el sol apenas empezaba a calentar y el momento se sentía perfecto. Era ahora o nunca.
Aceleré el paso, sintiendo los nervios trepando por mi garganta. Me acerqué lo suficiente, tomé aire y abrí la boca.
—Maur...
—¡MAURO! —un grito potente tapó mi voz por completo.
Me detuve en seco, confundido. Me di vuelta y vi a Thomas, el amigo de Mauro, corriendo hacia nosotros con toda la energía del mundo. Mauro, por su parte, ni siquiera se inmutó. No se dio vuelta, no saludó, simplemente siguió caminando como si estuviera solo en el planeta.
Me quedé helado. ¿Lo había ignorado? ¿Acaso estaba de mal humor? ¿Tan poco le importaba que alguien lo llamara?
Vi cómo Thomas pasaba rápidamente por mi lado, casi chocándome, hasta que alcanzó a Mauro y, de un manotazo juguetón, le arrancó los auriculares de la cabeza. Solo en ese momento Mauro se sobresaltó y lo miró, soltando una risa corta.
Me quedé ahí parado, sintiéndome el tipo más idiota de la ciudad.
Ah, claro... qué pelotudo, pensé, dándome un golpe mental. Tenía los auriculares al máximo. No me escuchó a mí, y casi no escucha al amigo.
Suspiré, viendo cómo se alejaban charlando. Definitivamente, hoy no pego una.
El universo parece estar decidido a que el silencio entre nosotros dure un poco más. •