¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
—Hoy pareces más contento de lo normal, bldo —me soltó Enzo, dándome un codazo mientras caminábamos al aula.
No le contesté con palabras, solo le devolví una sonrisa de esas que no se pueden ocultar. ¿Cómo no iba a estar feliz después de lo que pasó? Quizás para cualquiera fue solo un roce de frentes o un momento de silencio, pero para mí fue la confirmación total: a Mauro le gusto tanto como él me gusta a mí.
Me pregunté a mí mismo cómo era posible sentir tanto por alguien con quien nunca había mantenido una conversación real. Pero las palabras a veces sobran cuando los ojos dicen la verdad.
Ese magnetismo que casi nos hace besarnos el otro día no fue una casualidad; fue una promesa. Y esta vez, estaba seguro de que lo que quedó pendiente iba a terminar de ocurrir. Tarde o temprano.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Entré al salón con una confianza que no sentía hacía tiempo. Lo primero que hice fue buscarlo.
Mauro ya estaba ahí, y en cuanto crucé el umbral, nuestras miradas se engancharon. Me sonrió, y yo sentí que el pecho me estallaba.
Últimamente nos "tirábamos onda" así. Era raro, lo sé, pero era nuestra forma de ser. Me fascinaba cómo podíamos entendernos sin un solo sonido. ¿Cómo podía estar tan seguro de que me estaba coqueteando solo por la forma en que entornaba los ojos? No tenía idea, pero era la sensación más genial del mundo.
Me senté en mi lugar de siempre, pero noté algo distinto. Mauro no desvió la mirada después del saludo inicial. Se quedó observándome. Miró sus cosas sobre el banco, luego me miró a mí, y después señaló discretamente el asiento vacío a mi lado con un movimiento casi imperceptible de cabeza.
Era una pregunta silenciosa. "¿Puedo?".
Sentí un vuelco en el corazón. Le sonreí de par en par y asentí con la cabeza una sola vez, dándole vía libre. Mauro ensanchó su sonrisa —una de esas que le iluminan toda la cara— y se levantó sin dudarlo. Agarró su mochila y sus cuadernos en un movimiento rápido y caminó hacia el fondo, directo hacia mí. Cada paso que daba hacía que mi pulso se acelerara.
Se sentó a mi lado. El aire entre nosotros cambió de repente, volviéndose más cálido, más denso. Nos miramos con una timidez nueva, ahora que estábamos tan cerca que nuestros hombros casi se rozaban.
Él bajó la vista hacia su cuaderno justo cuando el profesor entraba al salón, tratando de disimular el sonrojo que le teñía las mejillas.
Lo miré de reojo mientras abría mi carpeta.
Qué bobo enamorado soy, pensé, pero nunca me había sentido tan bien de ser un tonto.