De soledad y otros placeres.

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Hace rato que dejé de temerle a la soledad, que ya no me preocupa si el domingo a medio día voy a tener a quien abrazar o no, porque aprendí que la tranquilidad y las tardes de un domingo no se le regalan a cualquiera.

Ya no me apetece malbaratar mi compañía con amores cobardes e incompletos, con alguien que en lugar de quererme pone pretextos y me va quitando tabiquitos en lugar de ponerlos.

He dejado de querer intentar, a veces por apatía, a veces por indiferencia, a veces ni yo me entiendo, han llegado personas a tocar la puerta por las cuales valdría la pena romperse a la mitad pero sigo dejándolas ir sin explicación.

Hace rato que dejé de lado ese miedo pendejo de no tener a alguien, me hice adicto a llevarme a mí mismo por cafés, al cine, al teatro, a museos, a ver atardeceres, a dar largas caminatas, comencé a dedicarme canciones y hasta poesía me leo de vez en cuando.

Decidí dejar de darle importancia a ese tío en navidad que siempre me pregunta si otra vez solo, pero no soy tan hijo de puta todavía, aún sonrío al ver a las parejas en los parques y a los viejitos de la mano.

Hace rato que dejé de creerme esas promesas que la gente dice cuando revientan de felicidad y olvidan cuando las cosas se ponen grises, mandé a la chingada el romanticismo barato y le puse un precio realmente alto a mis sentimientos.

Parece que me enamoré de estar solo, y también parece que es lo mejor que pude hacer conmigo, porque la siguiente persona que me arranque todo esto del pecho tendrá que ser un jodido diez, y está bien, pues creo que no merezco menos que eso.

Toloaches, Mezcalez y RomancesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora