Capitulo 6

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El ruido era insoportable. Gritos, pasos, un eco constante. Pero lo que más me atormentaba era la voz de un hombre que exigía, una y otra vez, que despertara. Gritaba como si quisiera partirme los tímpanos.

Todo mi cuerpo dolía. Sentía escalofríos que recorrían cada centímetro de mi piel desnuda, erizando el vello como si el frío me estuviera devorando. Había una presión terrible en mis muñecas, en mis tobillos y en el abdomen: ataduras. Mi boca estaba cubierta con un trapo áspero, sucio, con un sabor amargo que me revolvía el estómago.

Intenté abrir los ojos, pero hasta ese simple movimiento dolía. Apenas podía distinguir sombras y un resplandor tenue que quemaba mis retinas. Supe, sin lugar a dudas, que estaba sentado y atado a una silla. Mi cuerpo expuesto, vulnerable.

—¡Abre los ojos, maldita puta! —gritó la voz masculina de nuevo, tan cargada de furia que me atravesó como un golpe.

Esperaba que se cansara pronto. Yo seguía con sueño, como si mi mente quisiera huir al único refugio posible. Sabía que, con esfuerzo, podría escapar… pero no si ni siquiera lograba abrir los ojos.

“Ahora sí, ¿dónde están las estúpidas lecciones de mis entrenadores? ‘¿Qué hacer si te secuestran?’ Decían. Ridículo. Ahora mismo daría todo por tener un manual práctico de supervivencia.”

—¡Despierta de una vez, maldita zorra! —vociferó otra vez.

Un golpe duro impactó en mi mejilla. La fuerza me hizo tambalear en la silla. El ardor me arrancó un sollozo involuntario. La inercia me obligó a abrir los ojos un poco. La luz, aunque tenue, era una daga que me hacía lagrimear.

—¡Muy bien! La zorra despertó —se burló, satisfecho.

Obligué a mis párpados a mantenerse abiertos, aunque ardían. Debía estudiar mi entorno. Una habitación. Limpia, al menos en apariencia. El aire cargado de feromonas: dominancia, molestia, excitación contenida. Entre todas ellas, destacaban dos: una presencia dominante, casi asfixiante, y otra dulce pero agria, mezclada con miedo. Ese último olor era mío.

Frente a mí había tres hombres con batas blancas. Uno rubio, otro pelirrojo y un tercero de cabello negro. Sus pieles eran tan pálidas que parecían espectros, pero sus miradas eran de depredadores. El rubio fue el que me había golpeado.

—No eres JeongIn —escupió el pelirrojo, con odio.

Gruñí con lo poco que me permitía el trapo en la boca. ¿No era obvio que no era ese tal JeongIn?

—¿Y qué importa? —respondió el pelinegro, acercándose. Cada paso suyo era pesado, decidido. De pronto, tiró de mi cabello hacia atrás, obligando a mi cabeza a seguirlo con dolor—. No hay marca ahí —susurró, revisando mi cuello.

Un asco repentino me invadió cuando lamió mi clavícula, subiendo hasta mi cuello. Su lengua babosa me dejó la piel pegajosa. Entrecerré los ojos con repulsión.

—Déjalo. Tiene el olor del pendejo de Changbin sobre él. Seguramente ya se revolcó con él —dijo el rubio con desdén—. Nos pagarán menos por un pedazo de carne usado.

—Y eso, ¿a mí qué? —gruñó el pelinegro, insistiendo en lamerme.

Entonces decidí aplicar mi única carta. La técnica de supervivencia que papá me enseñó, aunque se burlaba de mí al practicarla.

Lloré. Lloré de verdad, y solté esos chillidos ahogados, ese sonido que un omega emite cuando pide protección. Un llamado de auxilio para su alfa.

El silencio cayó como plomo. Los tres abrieron los ojos con sorpresa. Incluso el pelinegro se detuvo, mirándome sin comprender. Segundos eternos. Y luego, los otros dos se acercaron de golpe.

—Idiota —me escupió el de negro, molesto.

Me repugnaba que me tocara, pero ya no podía detener las lágrimas. Mi cuerpo seguía pidiendo a gritos a un alfa. Mi alfa.

Me arrancaron el trapo de la boca. Aspiré aire con desesperación, mi mandíbula dolía. De pronto, un líquido espeso fue forzado en mi boca. Intenté escupirlo, devolverlo, pero el pelirrojo me agarró con fuerza.

—Si no lo tragas por las buenas, será por las malas —gruñó el de negro.

El pelirrojo sonrió, y sin dudarlo, presionó sus labios contra los míos. Sentí asco inmediato. Aprovechó el contacto para volcar más de ese líquido en mi garganta. Intenté escupir, pero cada vez que lo hacía, él lo regresaba con su boca. Una humillación asquerosa. Una violación en sí misma.

El sabor quemaba. Mi lengua ardía, mi garganta suplicaba que no entrara más. Pero una parte ya había pasado.

—Eh, ya me toca a mí —chilló el pelinegro, como un niño malcriado—. Yo también quiero.

El pelirrojo se apartó, sus labios brillando con el mismo líquido repugnante.

—Glupyy… (Estúpido) —lo insulté en ruso, con las pocas fuerzas que tenía.

Se rieron.

—No hablamos taka taka, putita —se burló el rubio.

El calor llegó de golpe. Mi piel ardía, mis músculos se tensaban, mi respiración se volvió errática. Era como estar en celo multiplicado por cien. Mi cuerpo reaccionaba contra mi voluntad. Las ataduras me mantenían quieto, pero por dentro todo me pedía contacto, alivio, cualquier cosa. Lágrimas cayeron por mis mejillas, mezcladas con chillidos.

Me arrojaron sobre una superficie acolchada. Dos pares de manos sujetaron mis brazos y piernas. Yo sollozaba, suplicando.

—Les… les daré dinero —jadeé entrecortado—. Todo lo que quieran… pero déjenme.

—¡Ah, con que sí hablas nuestro idioma, perra! —rió el pelirrojo, levantando un lazo negro.

El látigo cayó sobre mi pecho. Un ardor lacerante me arrancó un grito desgarrador. Otro golpe, esta vez en la pierna. Y otro más. Cada uno quemaba, cada uno me rompía.

El radio crujió con una voz:

—Señor, están aquí. Cambio.

El pelirrojo maldijo.

Entonces, un estruendo. La puerta explotó hacia adentro, acompañada de humo y polvo. Mi cuerpo entero vibró, mis oídos quedaron con un pitido insoportable. La confusión me nubló la mente. Intenté mantener los ojos abiertos, pero se cerraron solos. El dolor, el cansancio, el veneno en mis venas… todo me arrastró a la oscuridad.


PIÉNSALO (Changbin x Felix)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora